El debate que no quieren dar.

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Hay palabras que se desgastan de tanto usarse mal “Debate” es una de ellas.
En teoría, un debate es el escenario donde las ideas se enfrentan con argumentos, donde las propuestas se ponen a prueba y donde la ciudadanía puede distinguir, con claridad, quién tiene un proyecto de país y quién apenas sostiene un discurso vacío, en teoría.
Porque en la práctica, lo que hoy algunos llaman “debate” se parece más a un espectáculo de provocaciones, a una emboscada disfrazada de democracia, a un ring donde no se busca convencer sino deslegitimar, no es casual.
Estamos siendo testigos de la urgencia con la que ciertos sectores de la extrema derecha, acompañados por medios hegemónicos, insisten en que el candidato Iván Cepeda Castro “debe y tiene que ir” a debatir.
Pero no es para debatir la insistente ‘invitación’
Lo que realmente exigen es su presencia en un escenario donde la palabra se ha degradado, donde el argumento ha sido reemplazado por el señalamiento, y donde la política se ha reducido a una competencia de agravios, de calumnias y un desfogue de rabia de rabia contenida.
Ese no es un debate…es una trampa.
Y, sin embargo, hay algo que resulta profundamente incómodo para quienes promueven ese formato: la serenidad.
Porque cuando un candidato no grita, cuando no insulta, cuando no responde a la provocación con más ruido, desarma el libreto.
Cuando habla con rigor, cuando lee para no tergiversar, cuando estructura sus ideas con cuidado, rompe la lógica del espectáculo.
Lo que algunos intentan mostrar como debilidad «esa pausa, esa lectura, esa mesura» no es otra cosa que una señal de responsabilidad.
Es la diferencia entre quien improvisa para atacar y quien se prepara para gobernar.
Pero claro, eso no genera titulares escandalosos.
No alimenta el morbo.
No sirve para el rating.
Por eso necesitan convertir el debate en otra cosa.
En un escenario donde el respeto estorba y la mentira circula sin costo.
La pregunta, entonces, no es si alguien “debe” ir a debatir bajo esas condiciones.
La verdadera pregunta es:
¿por qué quienes dicen defender la democracia le temen tanto a un debate de ideas reales?
Un debate donde se hable de propuestas.
Donde se expliquen modelos económicos.
Donde se asuman responsabilidades históricas.
Donde no se permita que la calumnia suplante al argumento.
Ese es el debate que no quieren dar.
Porque en ese terreno —sin gritos, sin trampas, sin espectáculo— quedan expuestas muchas carencias.
Queda al descubierto quién tiene proyecto y quién solo tiene rabia.
Quién tiene palabra y quién solo tiene eco.
Y tal vez por eso insisten tanto en el ruido.
Porque en el silencio de las ideas, algunos no tienen nada que decir.
El verdadero Debate lo está dando cada día el candidato Cepeda, en las plazas públicas y, ante el auditorio más importante: el pueblo.
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