El conflicto armado

El conflicto armado (1)
El antes, el después y el ahora

Esta reseña se escribe desde la tercera obra de la serie «Debate», 2016. Y corresponde al libro “De La Habana a la Paz”, 332 pp., del escritor William Ospina. En dos partes que reúnen artículos de prensa y cortos ensayos. Si bien se delimitan dos momentos, el Caguán y La Habana, la obra permite un viaje por la historia de Colombia, desde la llegada de los españoles hasta hoy…, cuando una vez más se suspenden los diálogos con el ELN, la guerrilla más reacia al intento de hallarle solución dialogada a un conflicto que lleva ya setenta años.
En el prólogo, Ospina enuncia el propósito de la obra: “reflexionar desde distintos ángulos sobre las convulsiones de nuestra historia, sobre los desafíos de nuestro presente y sobre las tareas que debemos emprender entre todos si queremos ser dignos del país que tenemos…” Yo diría, del país que soñamos; ese que por ahora solo es visible desde la utopía. Con perspicacia de cirujano, Ospina describe el país que somos, en nuestra condición de «mestizos»: “…un país rebelde, insumiso, abundante en individualidades poderosas, rico en recursos naturales, rico en etnias, en lenguas y culturas”.
Esa complejidad étnica le suscita a William Ospina una pregunta asaz difícil: “¿Seremos capaces los colombianos de cambiar la viveza por la inteligencia, la astucia por la lealtad, la competitividad enfermiza por la generosidad, el egoísmo mezquino por la cordialidad, la mera acumulación de bienes por el mero goce de vivir?” Esa especie de orfandad espiritual Ospina intenta redimirla a través de la búsqueda de una identidad cultural que el arte y la literatura, en parte, hacen posible. En efecto, ese ‘en parte’ lo constituye la lengua heredada, y dos autores que dieron la vuelta de tuerca, a fin de que se pudieran nombrar cosas para las que esa nueva lengua no tenía recursos.
El primero de esos autores es Juan de Castellanos (España, 1522 – Colombia, 1607). Este célebre autor de «Elegías de varones ilustres de Indias» vivió casi setenta años en América, “tomando posesión de su realidad y nombrándola…” Es una anticipación de Gabriel García Márquez en la hazaña de introducir en la conciencia de Occidente a un continente innominado. Castellanos patentó con dignidad voces que para connotados críticos españoles (Marcelino Menéndez Pelayo, 1856-1912, entre ellos), era afear, con ‘bárbaras y salvajes’ voces, a una lengua de ancestro latino como el castellano. Y Juan de Castellanos llamó a lista: huracán, canoa, manglar, hamaca, caney, guanábana, caimito…
Y el primer gran americano de nuestra ya ‘mestiza’ lengua es el poeta y escritor nicaragüense Rubén Darío (1867-1916); él le dio a esa lengua laureles que no conocía: “un ritmo y una musicalidad que no había tenido nunca…” En otras palabras, Darío le reveló a Juan Ramón Jiménez el secreto que fue garante de su premio Nobel de Literatura: la expresividad y la gracia de una nueva manera de hablar y escribir. En suma, el español “aprendió a expresar sus sentimientos desde América”. Y de ese modo, la lengua heredada dio señales claras de cómo empezar a trazar un destino más prominente.
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