EL COLOMBIANO


Desde cuando me reconozco, en mi casa se leyó todos los días El Colombiano. Como mi padre era de esos paisas que se afincaron en el Valle del Cauca alrededor de 1940, mantuvo sus vínculos con la tierra de sus mayores, al igual que otros de sus congéneres que se establecieron en Tuluá, a través de la lectura diaria del periódico de Medellín, donde se simbolizaba todo lo que ellos querían seguir representando en lejanía.
Por muchas décadas el periódico lo traía el vuelo lechero que saliendo del Olaya llegaba hasta Popayán y se devolvía religiosamente todos los días. Cuando ese vínculo económico y aéreo se fue perdiendo, algún tren o algún bus les trajo a mi pueblo el diario de los antioqueños. No importaba el cambio de formato ni de letra ni de precio, mientras hubo paisas en Tuluá, habría quien leyera el periódico.
Muerto mi padre, que me enseñó a ser un devorador de periódicos, seguí con la tradición y la costumbre y no la cambié ni cuando llegó el internet o a los dueños les dio por engrapar el periódico, modificarle su formato y su contenido y espantar a muchos lectores. Hasta la semana pasada, cuando volví de la clínica y me encontré con una carta de la heredera de la librería y revisteria “El Rincón de Jose Ever”, donde por casi 35 años me lo hicieron llegar diariamente a mi casa. Los propietarios del periódico paisa dejaban de distribuirlo en el Valle y cerraban su oficina de Cali.
No sé cuántos marinillos, dueños de las panaderías de todo el Valle ni cuantos granadinos, propietarios de la gran mayoría de los graneros tradicionales de Cali hasta Cartago, seguían siendo lectores de El Colombiano en papel. Pero yo, que lo fui por más de 65 años, entierro con nostalgia y dolor esa costumbre que me enorgullecía.
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Publicado en Diario ADN/ enero 24 de 2017.
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