EL CIRCUNSPECTO SEÑOR LOBO
www.belt.es/noticias/2003/noviembre/28/lobo.htmPor Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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Desde que el señor Lobo le concedió dos entrevistas a Francisco el hombre de la saya parda, por allá en las montañas algo ralas de Gubbio, no conocía si este animalito tan vilipendiado hubiera cambiado de hábitos y lenguaje. Cansado de oír tanto chisme y acusaciones en su contra me vestí de Sherlock Holmes y me fui con mi internet a husmear por entre la selva y le seguí el rastro, con reserva, por espacio de cinco años.
Estos cuadrúpedos, sí, andan en cuatro patas y tienen un pelaje un poco más denso para mitigar el frío de las estepas. Tienen una dentadura como sierras y fuerte para devorar las carnes de sus víctimas incautas y no necesitan palillos por si un hueso se le queda atravesado en los caninos.
Su lenguaje, sin embargo, es lo que más se destaca en este animalillo de las noches y la maleza. De todos es conocido su mal aliento, por supuesto. Sólo lo aguanta la paciente loba. Su mirada es penetrante y desde las ocho de la noche despide unos destellos de linterna supergaláctica especialmente adaptada por la Nasa. Con ellos cuasi hipnotiza al infeliz que se le pone enfrente. Su andar es elegante y desapercibida su llegada pues usa sandalias afelpadas para que nada lo delate.
El pobre lobo nunca pudo comprarse una madriguera más digna y vive entre el matorral sin siquiera un cambuche de cartones que lo proteja del vendaval y las heladas. Razón tiene de guardar en su pecho sanguinario el resentimiento. Hasta el mísero ratón tiene una cueva segura y él no tiene donde reclinar sus pasos cansados ni donde guarecerse de las miradas para buscar solazarse a sus anchas con su loba entre la cama.
Vive siempre de caza, con oído atento para auscultar el ruido de las ramas que le indica la presencia de su comida viva o del guardabosque, su enemigo. Muchas veces pasa el hambre por sus fauces. Como tiene el gusto acostumbrado a la buena comida va con su rabo erguido hasta los bordes de la selva a la hora que el poblado ya prepara sus pestañas para el sueño. Su instinto le ha enseñado que las gallinas, los gallos, las ovejas, las vacas y hasta los bancos ya han cerrado los ojos y han bajado la prevención y los cerrojos. No hay moros en la costa y puede acercarse con confianza y sin rebozo. No necesita más artimaña que sus garras rápidas y una dentellada certera en la nuca o la garganta. Ni necesita pólvora ni rockets porque su botín lo encuentra en los corrales y dormido en la pradera.
¿Quién dijo que el lobo había cambiado sus maneras? ¿Quién dijo que se había camuflado con armas modernas y que se había reentrenado en Israel con Klein o con Carlos el Rojo? ¿O que ya no le gustaba sólo la sangre y que esperaba tranquilo en su rincón que alguien le sirviera en plato limpio? ¿Acaso podrá algún día entrar a la escuela a pulir su quehacer diario y nocturno o visitar al dentista para que le acorte sus dientes y sus muelas? Ni siquiera podrá actuar con careta de oveja en el teatro.
Él sigue orondo en su tarea. Como dicen del barbudo chivo, él volverá siempre al monte. La cartilla, la corrección, el uso de la cuchara y la servilleta no son con él. Él seguirá con su mirada torva, su paso lento y matrero y su aullido de hambre de sangre por la noche.
12-06-09 – 11.54 a.m.



