El Cauca; de malas.


Un signo de la pobreza de un pueblo es la fragilidad de sus dirigentes. El departamento del Cauca es fiel reflejo de tal situación. Después de contar con cuatro senadores, hoy cuenta con uno solo, y un dirigente del Valle del Cauca es quien quita y pone funcionarios nombrados o elegidos por voto popular. Claro que no es gratuito que los otros congresistas hayan desaparecido del panorama: dedicados a devengar sus dietas, hacer turismo, preocupados por fortalecer sus feudo con parientes y clientes en los cargos públicos, pero aporte en el desarrollo de la región, ninguno.
Lástima de territorio, con tantas potencialidades, con tanta riqueza en su suelo y subsuelo, con tanto privilegio geográfico pero la pobreza campea por todos sus rincones. No es sino aventurarse por la periferia de la capital, ir a los pueblos de corteros de caña, visitar los pueblos del sur o el oriente, andar la costa pacífica, son evidentes la desnutrición, el analfabetismo, la carencia de servicios públicos, la ausencia del estado. Y después nos preguntamos por qué éste es territorio de guerra.
Para completar, no se avizora mejoría. El diagnóstico es poco alentador. Quienes aspiran gobernar al departamento durante los próximos cuatro años no pasan de ser buenas personas. Uno de los candidatos tiene el pésimo antecedente de haber hecho parte del séquito del tristemente célebre Martínez Sinisterra, siniestro personaje que deambuló como político por los departamentos del Pacífico con la frase corriente de que “produce más plata una alcaldía que un cargamento de coca”. El otro candidato, un desconocido, carga con el lastre de ser respaldado por el actual gobernador, personaje ineficiente, de pésima administración, con dudosa ortografía moral, acusado por participar del carrusel de las pensiones cuando se desempeñó como magistrado del Consejo Superior de la Judicatura, dedicado hoy a fortalecer su caudal político.
En estas condiciones es muy difícil que el Cauca busque causes diferentes. Su lecho está plagado de vicios prácticamente imposibles de desterrar. La política, como asentamiento, está llena de incapaces, y quienes cuentan con alguna visión de desarrollo prefieren marginarse. De aquí es la senadora más incoherente de la política nacional, la señora Paloma Valencia, quien quiere partir el departamento del Cauca según las etnias que coexisten, para evitar el peligro de contaminar su “sangre azul”. Aquí se mercadea abiertamente avales, curules, puestos, candidaturas al mejor postor.
La política del Cauca es un puño cerrado, imposible de abrir, donde el dinero marca un punto muy importante y la clientela toma como natural la corrupción con el precepto de que “hay que aprovechar el cuarto de hora”. Aquí los “dirigentes” pactan en Bogotá acuerdos leoninos en perjuicio de los cientos y cientos de caucanos que sufren las consecuencias de la desidia y la mala práctica política. Aquí la inteligencia pasa por los partisanos que se roban el erario público con triquiñuelas para engañar a los entes de control, y hasta se buscan distinciones cuando nadie se las da. Y cuando ha habido oportunidades han sido desperdiciadas por los oportunistas resentidos.




