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Domingo, 4 de octubre de 2026

El beso y el poder

El beso y el poder

El beso y el poder

Stella Ramírez Granobles
Stella Ramírez Granobles

En política hay muchos besos.

Hay besos sinceros y besos parecidos al beso de Judas.

De cada uno, abundan en campaña.

Hay discursos de lealtad.

Hay promesas de cambio estructural.

Y luego, cuando el poder se acomoda,
algunos comienzan a hablar otro idioma, quieren más poder y miran de reojo al que está sentado en la silla, quieren esa silla.

La historia reciente del gobierno del presidente Gustavo Petro no puede analizarse sin mencionar a quienes fueron piezas clave en su llegada y luego optaron por marcar distancia pública y dividir un proyecto político: Hablemos de Roy Barreras y Francia Márquez.

No se trata de satanizar la diferencia.

La diferencia es legítima.

Lo que no es legítimo es capitalizar políticamente el proyecto colectivo y luego desmarcarse cuando las decisiones no favorecen intereses propios o expectativas personales.

Roy Barreras fue arquitecto parlamentario del proyecto.

Operador político.

Puente con sectores tradicionales.

Su tránsito posterior hacia una posición crítica no es un pecado político.

Pero sí abre preguntas:
¿La lealtad era al proyecto de transformación o al lugar que ocupaba dentro de él?

Hoy está allí como precandidato pareciera haber sido enviado para socavar mediante toda clase de artimañas el proyecto político del cambio, aunque muchos minimicen su aspiración el tipo es políticamente un factor divisorio.

Francia Márquez, símbolo de lucha social y ambiental, llegó al poder con una legitimidad histórica incuestionable.

Pero cuando la distancia se vuelve pública, cuando la crítica se formula desde el cargo que se ganó gracias a ese mismo proyecto, el debate deja de ser interno y se convierte en mensaje político, no se puede olvidar que Francia Márquez conversaba con Álvaro Leyva de temas non sanctos, desde allí mostró su condición, hoy los hechos lo reafirman.

Es una, de las que aprendió a “vivir sabroso”.

Y ahí está el punto.

No se trata de idolatrar líderes.

Se trata de respetar el mandato popular.

Quien acompaña un proyecto de cambio sabe que no habrá atajos.

Que tocar estructuras históricas genera resistencia.

Que gobernar no es administrar aplausos.

La ruptura no siempre es traición.

Pero cuando se construye liderazgo sobre la esperanza colectiva, la coherencia no es opcional.

El problema no es disentir.

El problema es parecer sorprendido por el rumbo de un gobierno que prometió exactamente lo que hoy está intentando hacer.

La política colombiana ha estado llena de opositores abiertos.

Eso no es nuevo.

Lo preocupante es otra cosa:
la fractura interna que alimenta el relato de quienes nunca quisieron el cambio.

Porque cuando el proyecto se debilita desde dentro, el daño no lo sufre el presidente.

Lo sufre el pueblo que votó por una transformación.

Las monedas en política no siempre son de plata.

A veces son cuotas de poder.
A veces son cálculos electorales.
A veces son distancias estratégicas de cara al futuro.

La historia juzgará.

Pero el pueblo también observa.

Y en tiempos de transformación, la coherencia es la única moneda que no se devalúa.


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