El asilo ofrecido



La institución del Asilo ha sido históricamente admirable y ejemplar en Colombia, generando respeto a las normas internacionales, protección fundamental y real de los derechos y sus condiciones internas y externas.
Normas y entidades de diversas clases se apoyan en esta figura solemne y efectiva para garantizar a los perseguidos por diversas causas políticas o territoriales a mantener sus posibilidades de libertad.
Colombia dio una gran demostración de respeto a esta sagrada institución del Asilo con el caso del dirigente y líder peruano Víctor Raúl Haya de la Torre quien se asiló en la embajada de nuestro país en Lima y allí estuvo desde 1949 hasta 1954.
Fue una larga lucha de Colombia ante diversas presiones y acciones legales y nuestro país logró mantener vigente esa condición de Haya de la Torre hasta su salida al exterior con salvoconducto después de intensas negociaciones y acercamientos diplomáticos.
La importante conclusión es la fuerza legal del Asilo y sus implicaciones contra posibles abusos, descalificaciones y violaciones de los derechos humanos.
Después de un largo historial de acontecimientos y del elevado concepto sobre el Asilo, la actual canciller de Colombia prácticamente ha ofrecido asilo a Nicolás Maduro, que no ha sido reconocido legalmente por muchas naciones del mundo como presidente de Venezuela, debido a que nunca presentó las actas auténticas de su elección.
Además, Maduro tiene acusaciones ante la Corte Penal Internacional y un proceso en curso con implicaciones penales.
También es sabido que en territorio de Venezuela son recibidos y protegidos grupos que atentan con armas contra la estabilidad constitucional de Colombia. Esto ha ocurrido desde los tiempos de Chávez.
No entendemos entonces, cómo Colombia podría estar pensando en un asilo políticamente salvador para Maduro.
Las expresiones de la canciller no fueron muy claras, creo que lo hizo a propósito, para poder rectificar o aclarar sin complicaciones posteriormente si fuere necesario.
Lo más seguro fue que lo hizo por órdenes de su jefe, el mandatario colombiano, para tantear el terreno y saber que estaba pensando nuestro país.
Creo que ha sido un rechazo mayoritario el que se ha expresado y por eso nuestro actual gobierno debe desechar tan inoportuna y escandalosa idea.
La política internacional del nuevo gobierno, elegido en 2026, deberá ser fundamentalmente distinta a la actual que ha sido inestable, improvisada y llena de errores estratégicos.
Lo primero por hacer será restablecer las relaciones con Israel y Estados Unidos para así recuperar pilares esenciales de asistencia en campos neurálgicos del acontecer nacional.
Volverán la asistencia técnica, el mantenimiento y el suministro de repuestos y elementos necesarios para nuestros sistemas de defensa y acción y para exhibir una línea de disuasión y advertencia contra posibles agresiones del exterior.
Estas nuevas relaciones servirán de fondo a un intercambio comercial más fluido, serán garantía de seguridad en las inversiones foráneas, se recobrará la confianza en nuestros mercados accionarios de valores y sobre todo encontraremos más tecnología y ciencia en los avances hacia nuestros principales objetivos de progreso.
Debemos también, sentar posiciones claras sobre dictaduras y regímenes totalitarios en donde no hay elecciones, ni prensa libre ni verdadera libertad de expresión.
Importante orientarnos hacia una nueva política de unidad latinoamericana respetando todas las ideologías, pero con propósitos comunes de defender la democracia, el orden, la autoridad legítima y la libertad.
Nuestra política exterior deberá ser seria, coherente, responsable, respetuosa de los derechos humanos e inclinada hacia la democracia, la justicia social y la equidad. La categoría de nuestra representación diplomática debe ser de primera calidad pues son nuestra presencia externa que resume al país, sus gentes, su estilo, su talante y sus propósitos.
No más ofrecimientos de asilos por señales populistas o extremismos ideológicos. Hay que regresar al respeto a las instituciones del derecho internacional y a la prestigiosa conducta ética de sus gobernantes.
Solo así Colombia volverá al sitial de honor, que nunca debió abandonar en el plano internacional, avanzando en la consolidación de un respeto mundial por sus ejecutorias con una auténtica unidad nacional.
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