EL ABUELO


El abuelo hubiera estado feliz de saber, que el nuevo Papa adoptó su nombre. Era más católico que el pontífice, y como buen paisa no salía del rosario, la oración que pronunciaba con otras bellas oraciones inventadas por él.
Se llamaba Francisco, pero todos le decían don Pacho. Una persona verdaderamente seria con porte de patriarca. Siempre estaba de blanco. ¿Acaso alguien lo vio alguna vez con ropa de otro color? No. Era impecable, como todo lo que emprendía cuidando siempre su imagen ante Dios y los santos de su predilección: seres que constituían su único interés.
“- Cuando llegaron los incendios y las inundaciones teníamos que salir por el balcón de la casa para subirnos a una champa. Con estas calamidades permanentes todo se perdió”.
Don Pacho se refería a la variada y valiosa mercancía traída por él desde Europa en aquellos años de prosperidad. También de Centro América, Cuba y los Estados Unidos. Hasta el Ford con los permanentes aguaceros desapareció. Llegó en cajas de maderas traídas por los bogas por el río San Juan a punta de remos y palancas, que después un gringo que vino lo armó.
Alguna vez de niño cuando iba a su casa en vacaciones, le oí contar estas historias sin ponerse triste. Sólo después de narrarlas permanecía silencioso. El rezo lo salvó de las depresiones, que lo hubieran podido llevar al suicidio. Al igual que su viejo radio marca Phillips, en que todos los días oía por la noche las noticias.
La última vez que lo vi cuando fui a visitarlo en aquel lejano diciembre, lo abrazó mi papá y luego mi mamá, hermanas y hermanos pequeños. Al llegar de último me detuvo en la cumbre de los escalones, y mirándome con ojos agrandados por la lupa de sus anteojos, me dijo: “Aquí también nos hemos enterado de sus andanzas”.
Se refería a los huevos podridos y tomates fermentados, que con Lucho Otero Cifuentes y otros condiscípulos, le habíamos tirado al enviado de Kennedy en Ciudad Techo, cuando inauguraba unas casas financiadas por la Alianza para el Progreso.
Los medios, ante esa tremenda acción, que hoy llamarían “terrorista”, hicieron una alharaca enorme como si el vaticanísimo huevo se lo hubiera tirado al mismo vicario de Cristo en la tierra.
Creo que don Pacho nunca perdonó mi buena puntería estudiantil, perdida con los años. Ya no podría matar con mi cauchera ni una golondrina al vuelo, que ya las pobres no existen volando en círculos o posadas a montones en los cables de la luz, como cuando era niño, e iba de vacaciones en navidad a la casa de mi abuelo Francisco.




