Ego Sum Lux Mundi


Ego Sum Lux Mundi
Jesús estaba en su lugar propio: donde ni muros ni santuarios ni catedrales acogen su Forma Real. Estaba donde sólo puede estar: en lo íntimo del alma; no era un ícono pintado en un retablo.
Su Sagrado Corazón brillaba intensamente, los ojos obraban el milagro de ser recintos vivos, reductos de una intensa contemplación extática.
Un coro había en sus benditas manos; atraían con fuerza magnética hacia el centro de su Alma. La bendición, gesto de dar a los demás ese abrazo de Eterna Gloria, no terminaba nunca.
Se podía sentir el irse de los velos torpes y el llegar de la aurora que apacigua el interior con un abrazo de indulgencias y revelaciones santas.
La voz era interior, no un verbo de físicas palabras. Y no se podía sospechar el origen ni final del momento. Todo era intenso presente con luminosidad espléndida, brillo acogedor, como puerta que separa la Luz de las tinieblas.
Y entonces dijo: «Ego Sum Lux Mundi… Quien viene a mí no andará en tinieblas».
Y sucedió que desde los cuatro puntos cardinales venían vientos de suavidad inefable; todo cuanto tocaban despertaba a una Vida más allá del brillo de las cosas. La opacidad del tiempo no existía porque no había lugar alguno dimensionable con las medidas de la tierra.
«Ego Sum Lux Mundi» se mostró como «puerta que alguien abre y nadie cierra».
El Centro era el Todo, el Todo era el Alma, con latitud humana y piel Angélica.
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