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Jueves, 1 de octubre de 2026
miércoles 9 septiembre, 2009 a las 7:21 am

EDITORIAL

Mayorías y Minorías

El poder político en las sociedades se encarga de gobernar, es decir, de tomar decisiones que conciernen y afectan la vida de todos sus integrantes. Ahora bien, cuando las sociedades son grandes y complejas surge el problema de cómo unificar intereses y opiniones no sólo diferentes sino también, con frecuencia, contrarios.

Dado que no es posible que este pluralismo contradictorio de intereses y opiniones sea superable absolutamente y que, de pronto, todos estén de acuerdo en lo que debe hacerse políticamente, es necesario que existan procedimientos que permitan unificar democráticamente a los ciudadanos y tomar decisiones públicas legítimas.

Uno de estos procedimientos es el que se basa en el principio de la mayoría, que básicamente postula que, en ausencia de unanimidad, el criterio que debe guiar la adopción de las políticas y las decisiones es el de la mayoría de los participantes. Si el pueblo entonces no puede ponerse de acuerdo de manera unánime será necesario que sea su mayoría la que determine el curso a seguir.

En otras palabras, las reglas del juego democrático presuponen que las decisiones se toman por mayoría, pero también que la mayoría puede cambiar. De ahí que se requiera de votaciones sistemáticas y repetidas, en las que los ciudadanos puedan optar por diversas alternativas, configurando así mayoría y minorías diferentes.

Lo anterior explica que los procedimientos democráticos sean incompatibles con una presunta dictadura de la mayoría: ésta no sólo es excluida por la naturaleza temporal e inestable de cualquier mayoría democrática, sino también porque no existe mayoría sin minorías.

Sin estas últimas, en efecto, la propia legitimidad del gobierno de la mayoría pierde sustento y deja de tener sentido democrático, es decir, de expresar la voluntad popular.

En otras palabras, el gobierno o poder de la mayoría sólo adquiere legitimidad democrática estricta cuando reconoce e incluye los derechos y la participación de las minorías. Si estas últimas se vieran excluidas totalmente, optarían por retirarse haciendo perder sentido, como es evidente, a la propia regla de la mayoría.

De ello deriva que los gobiernos propiamente democráticos no sólo se basen en votaciones, sino también en negociaciones, compromisos y políticas concertadas. La presencia de las minorías, siendo esencial, adquiere así todo su significado en tanto interlocutores influyentes, legales y legítimos, de la mayoría gobernante.

La discusión y la concertación de compromisos son, por ello, una dimensión consustancial e irrenunciable de la democracia moderna, que exige que la política sea concebida como una competencia pacífica entre adversarios que se reconocen legitimidad recíprocamente, y no como una lucha a muerte entre enemigos irreconciliables pues, como resulta evidente, mayoría y minorías han de estar de acuerdo, al menos, en dirimir sus diferencias democráticamente, es decir, apelando a la voluntad popular como criterio decisivo y renunciando, por lo tanto, a recurrir a la violencia o al fraude para imponer sus opiniones y/o intereses.

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EDITORIAL

El último discurso de Galán en plaza pública

www.elespectador.com/noticias/politica/imagen…

Un hecho casi inadvertido en los datos curiosos de los últimos días de Luís Carlos Galán Sarmiento, cuando los colombianos recordamos los 20 años de su asesinato, tiene que ver con el último discurso que el dirigente pronunciara exactamente un mes antes de morir acribillado en la plaza de Soacha.

El 18 de Julio de l989 en Puerto Tejada, con la presencia de connotados dirigentes de ese entonces, como el ex Senador Humberto Peláez Gutiérrez y el ex Representante a la Cámara por el Cauca, Miguel Antonio Gómez Carabalí, el ex Presidente César Gaviria, Pedro José Barreto, Marco Aurelio Hormiga, Juan Carlos López Castrillón, entre otros, Galán Sarmiento pronunció el que se convertiría en su último discurso en plaza pública, pues durante el mes siguiente lo hizo en recintos cerrados hasta que llegó el fatídico 18 de Agosto del 89 en Soacha, Cundinamarca.

Ante un nutrido público reunido en el parque principal Los Fundadores, Galán fue aplaudido tras esbozar la Colombia que soñaba; muchos corteros de caña, trabajadores y gentes del común que le escucharon atinaron en decir: “Este va ser el próximo presidente de Colombia”.

A diferencia de lo sucedido en torno a los magnicidios de Sucre, Arboleda, Uribe Uribe y Gaitán, las imágenes del asesinato de Galán las ha visto el mundo entero. Están ya grabadas en la conciencia colectiva. Tenemos suficientes descripciones y reminiscencias.

Dos décadas han pasado y al evocar su memoria los caucanos y colombianos todos, no debemos olvidar que Luís Carlos Galán Sarmiento era un hombre muy limpio, transparente, un hombre de bien, un hombre bueno. Con una enorme garra de luchador político. Tenía una obsesión por su país.

Él pensaba que había que hacer un esfuerzo muy grande para superar la violencia, la injusticia social, y que para lograr esos objetivos era necesario transformar la política para darle nobleza y comprometer la acción política con las necesidades de la gente y con las ilusiones de la sociedad de progresar y de vivir en condiciones de bienestar.

Galán en aquel último discurso en Puerto Tejada sostuvo que “Había que transformar la política para que estuviera al servicio del país, y no al servicio de intereses personales o privados.”

Su obsesión fue además, que la política fuera el fruto de la deliberación del ciudadano en el barrio, en la junta comunal, en el foro universitario. Que la política fuera la síntesis del pensamiento de la gente y no la imposición de alguien desde una posición autocrática o autoritaria.

Él pensaba que había que encontrar las verdades en la discusión en que participara la gente y que no se podía concebir que la sociedad fluyera si no estaba vinculada a la deliberación racional y libre. El luchó contra la corrupción y contra el narcotráfico.

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