Edgar Allan Poe (I)


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Edgar Allan Poe (I)

Dentro de la sociedad norteamericana, no ha vuelto a nacer, ni a existir un ser impregnado de ese lirismo misterioso y profundo que testimonia la esencialidad del espíritu humano en cualquier contexto cultural, así ese contexto se sostenga y se alimente en términos generales con sustancias que parecieran ser hostiles, o al menos indiferentes, a los sueños erráticos e inútiles de la poesía. Pero Poe es visceralmente norteamericano y es un extraordinario, delicado y exquisito poeta encadenado a una visión misteriosa y simbólica donde se dan hermosa cita e inquietantes estremecimientos que gravitan sobre la conciencia humana.
Su biografía y también su leyenda, están marcadas de manera inexorable por la presencia de lo trágico, de lo desolado, de la incomprensión, así como por el delirio desquiciante y por la inadaptación a un medio sociocultural que parecía ajeno a sus inquietudes poéticas y metafísicas; pero fue un hombre que se dedicó a fabricar pesadillas sombrías y talismanes de exótica belleza, que nunca encontraron lugar ni aprecio en medio de la sociedad en la que llegó al mundo.
Pero Poe vive sus cuarenta escasos años, y en ellos logra conformar una obra magnífica e intensa que señala nuevos caminos en muchas direcciones y que lo convertirán pocos años después de su muerte en un poeta profundamente amado y reverenciado por las generaciones venideras. Un poeta pionero y fundador de inéditas posibilidades expresivas y de nuevas formas experimentales y temáticas, para que la literatura del universo, encontrare en ellas un punto de apoyo y de referencia; para que esa literatura continuaré en su lucha mágica y tantas veces incomprendida de dar vida y lenguaje a la inagotable realidad del fenómeno humano.
En Boston, en esa ciudad norteamericana que tiene una sensible veneración por la historia y que le rinde culto nostálgico a las formas vencidas de una antigüedad aristocrática, nació Edgar Alan Poe, una mañana aún fría del 14 de enero de 1809. Sus padres biológicos eran practicantes de la incierta pero hermosa profesión de actores ambulantes, que conocían a Shakespeare y conocían también las gesticulaciones violentas y aterradoras de la pobreza. El padre abandona la madre cuando el niño tiene dos años. La madre abandonada muere en una noche mucho más fría que aquella en la que había nacido el poeta un 18 de diciembre. Edgar es adoptado por un matrimonio opulento y sin hijos, conformado por una mujer amable y un comerciante exitoso, pero algo estúpido que amaba el dinero y los negocios. Allí creció en olor a señorito, con servidumbre negra, con prejuicios agresivamente racistas; estudió con aristócratas, en colegios caros y notables. Según el decir de muchos y de muchas, era un niño hermoso y de modales delicados y elegantes; bellezas y elegancia que a pesar de todo conservaría con esmero a lo largo de su corta vida. Aquel poeta, que, según carta de una contemporánea, acabó convertido en un caballero en estado lamentable.
Cuando tiene 6 años, su familia se traslada a vivir durante 5 años a Inglaterra. Suponemos que en esa época sus pupilas y su sensibilidad se empaparon de verdadera antigüedad y esa sensibilidad suya fina y absorbente, se enamoró de esos elementos góticos que tan recurrente y obsesivamente asoman en los escenarios de su obra.
Regresan de nuevo a la vitalidad desordenada, sedienta y mercantilista de los Estados Unidos. A un mundo que está agitado y convulsionado por poderosas fuerzas de construcción y de expansión material. Un mundo que ya empieza a vibrar con las fisuras y las heridas que opondrán como sangrienta catástrofe liberadora a los esclavistas del sur contra los industriales del norte. Ingresa a la universidad y se fascina del saber y de los libros, pero también del juego y del licor, de los placeres y de las muchas turbulencias de la vida. Entra en conflicto irreconciliable con el padrastro puritano. Se marcha de la serena Boston e ingresa como soldado raso a la institución siempre equívoca del ejército.
En 1829 vuelve a quedar huérfano. Frances Allan, su madre adoptiva, también lo abandona en este mundo; pero en ese año de la segunda orfandad aparecen publicados sus primeros poemas. El poeta ha iniciado su poderosa y atormentada marcha hacia los universos del enigma y del misterio. (Continuará)
Edgar Allan Poe (II)
Víctor Paz Otero
Después de su corta estadía en la Academia Militar de West Point, de donde afortunadamente fue expulsado pronto, dirige sus pasos a Baltimore, donde lo acogerá una tía buena, pobre y generosa, que era como la suma de todas las mujeres que siempre quiso amar. Tía que también tiene una hija, bella, frágil y enferma con la que el poeta acabará contrayendo matrimonio cuando ella solo tiene 14 años. Ese ángel enfermo se llama Virginia y se transformará en muchas otras mujeres que habitan el universo fantástico de sus poemas. La tuberculosis y seguramente el hambre y sin duda el frío -se abrigaban en el invierno únicamente con el capote que obtuvo en el ejército- y tal vez aquí se inicia la destrucción de su cuerpo que la llevará a ese templo que tanto exploró e indagó el poeta: la tumba.
Inicia su colaboración en algunas revistas literarias de su país. Son trabajos ocasionales y conflictivos como redactor o asesor. Pero siempre está en esa lucha desigual y desmesurada para lograr sobrevivir, con su impresionante talento, en el país del dinero y la opulencia. A pesar de las adversidades de la vida consigue darle forma y consolidar una obra que es estremecedora y novedosa, una nueva manera de explorar y profundizar en los desconocidos elementos que constituyen las profundas y misteriosas realidades del espíritu humano. Alguien ha dicho con verdad y agudeza que fue el primer poeta que creó un paisaje totalmente imaginario, y tal vez se vio obligado a ello, pues Hawthorne había señalado con penetrante ironía, que en su país era enorme la dificultad para escribir una novela, pues era un país sin sombras, sin antigüedad, sin misterios, sin crímenes pintorescos o tétricos, ni nada que no fuera sino prosperidad generalizada. Pero Poe lo redimiría de esas ausencias, así su país no le ofreciera nunca una sola migaja de esa prosperidad generalizada.
Los escenarios de las grandes narraciones de Poe, donde el miedo parece ser el gran personaje, tienen ese ambiente gótico de sus castillos y penumbras; esas decoraciones impregnadas por el olor del tiempo que ya ha sido. Escenarios donde la muerte y el misterio entran en armoniosa correspondencia con ese paisaje donde se ofician sus rituales. Maravillosa utilería teatral para la irracionalidad y lo desconocido. Prisiones húmedas, sórdidos sótanos, nada que recuerde o retrate ese mundo nuevo que recientemente estaba construyéndose en Norteamérica. Fue precisamente Poe quien le obsequio a los Estados Unidos esa posibilidad de conocer y reconciliarse con esa atmosfera y con ese rumor de antigüedad que fluye de su obra, aunque alguna vez aclaró que el terror proviene siempre del alma.
Esa obra de manera indudable, y tal vez por ello la vida del poeta y lo que de biografía hay en sus libros, es lo que ha permitido que ella se convierta en festín de pequeños y grandes psicoanalistas, pues esa obra parece ligada de manera visceral a su desgarramiento biográfico.
Fue el primero que tuvo una lucida y atormentada conciencia de su condición de poeta maldito, como resultado de ese oficio suyo de ser un hacedor de belleza.
Alguna vez escribió el propio poeta, refiriéndose a sí mismo lo siguiente: “soy de naturaleza sensible, nervioso hasta extremo inusitado, con largos períodos de horrible cordura. Durante estas crisis de insania he bebido, Dios sabe cuántas veces y en qué medida”.
Seguramente no fue en los pocos momentos de terrible cordura donde logró fraguar esas frías alucinaciones de horror que son como una partida impecable y matemática de un ajedrez atormentado que viene a proyectar en el lector un universo de pesadillas infernales pero posibles y reales. Como era bien sabido, fue virtuoso del análisis, de los métodos y los lenguajes, y de los procedimientos que pueden determinar con rigor y precisión, deducciones y resultados lógicos. Como analista disfruta con todas aquellas actividades que desenreda para descifrarlas.
Le agradan los enigmas, las adivinanzas, los jeroglíficos. Se complace incluso con las más triviales ocupaciones, siempre que se pueda poner en ellas la prueba del talento. Así escribe al comenzar Los Crímenes de la calle Morgue. En buena parte su obra está signada por este curioso morbo analítico, deductivo y cientificista. Por lo mismo creó dos géneros nuevos: el de la novela policiaca y el de la ciencia ficción. Como compensación tardía a ese talento extraño, la sociedad norteamericana parece tener especial predilección por estás dos formas literarias.
Lo curioso es que el poeta aborrecía un poco de la ciencia y de la noción equívoca de “progreso”, como instrumentos que pudieran servir para perfeccionar la condición humana. Pero lo analítico es en él una obsesión, algunos lo llamaron el primer ingeniero literario. Otros han dicho de él que tenía más de científico que de artista. Él mismo confiesa que recurría de forma permanente al proceso de analizarlo todo para enfrentar el poder desquiciante y disgregador que sobre su mente proyectaba la locura.
En Eleonora, señala: “Los hombres me han llamado loco; pero nadie ha resuelto aún si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si buena parte de lo glorioso, e incluso todo lo profundo no brota precisamente de una enfermedad del pensamiento que provocan los estados de ánimo exaltados”.
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