DOSQUEBRADAS ES RÍO Y CIELO


DOSQUEBRADAS ES RÍO Y CIELO

Acabo de amarrar mi barco en Cali, el puerto acostumbrado. Cansado levé las anclas cansadas de tanto canto, de ver pasar caras nuevas y subir escaleritas hasta la habitación No. 5. Allá, a babor, rugían los motores de vehículos y ladraban las cajas de moneda en los almacenes. No eran precisamente cantos de sirenas. Se trataba nada menos que celebrar el desarrollo del VIII Encuentro Internacional de Poetas en el Equinoccio en Dosquebradas, Risaralda.
Casi 40 poetas, mujeres y hombres, casi por igual en número ellas y ellos. Alguien llegó de Medellín, otra de Francia, otros de Aguachica, de Cali, Manizales o de Barranquilla. Sus trinos y sus trenos tenían sonidos distintos. Al fondo sonaba quedo el Río Otún y arriba vibraban los cocuyos. Nos vieron las gentes del lugar salir del Hotel repleto de un amarillo que se entonaba en inglés y se oía casi hielo. Pero el calor llenaba el pecho de cada poeta que habitaba allí.
Convocados por Julián Chica Cardona, director de la organización que ya lleva ocho Encuentros, acudieron poetas nacionales y de varios países. El domingo, como las garzas o las ibis que emigran cada año a posarse sobre la extensión del larguero que es el municipio pujante de Dosquebradas, llegaron al atardecer el día. Muy puntual y con deseos de lanzar al viento su voz aterrizó Jotamario Arbeláez con el acumulado de decenas de anécdotas de la época del Nadaísmo.
De fuera del país se hicieron presentes la colombo-francesa, María Vilalta de Argentina, el mejicano Chema Abuelayonki, Juan Carlos Céspedes de Manizales, Esperanza Ramos de Aguachica, Beatriz Eugenia Gallego de Armenia, Héctor Hernán Hurtado de Bogotá, María Elena Giraldo, Anna Francisca Rodas y Andrés Uribe, el bueno, de Medellín, Hernán Mallama Roux de la vecina Pereira, Ancízar Arana de Palmira, Germán Cuervo Alvarado y Wahider Cardona, Mariana Ossa, Ninfa Marín Escudero y José Licélder Cardona de la ciudad anfitriona.
Como bandadas de aves de variado color se regaron por Dosquebradas grupos de diez o quince poetas mujeres y hombres a regar en diferentes sedes – como semillas de paz – sus versos y cantatas tal como lo dijera Huidobro. Como sencilla diosa la cantautora Nancy Zapata en Las Hadas de Jorge Isaacs exhalaba trinos de su garganta para calmar el ansia de oír arquitectura de belleza idiomática.
Se oyeron ayes con lágrimas, cantatas para soñar la noche o agorerías para divisar la distancia o el ocaso. No todo estaba pintado de rosa y blanco en los versos y poemas. También había poesía mezclada con carcajada y lamentos por la guerra y odas a la pesadez de la vida o la viscosidad de los días.
Pasó una semana como transcurre una tarde en termales o de veraneo en cualquier finca rural. En Dosquebradas el tiempo es lento y no hay el afán de las metrópolis. La poesía floreció y quedó sobre las mesas servida. Gracias a estos grupos de vates que andan con sus versos a flor de labios está ausente la mezquindad y los lucen en salas, bibliotecas o en el Café Doña Antonia de Hernán Mallama.
28-04-18 8:30 p.m.
*************************
Otras publicaciones de este autor: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/



