DOS MUJERES


DOS MUJERES
(De mi libro «Jesús, el Íntimo»)

Y he aquí que dos mujeres seguían con cierta distancia a Jesús por un camino; mientras iban tras él, admiraban ese andar que los ángeles no igualan.
Y al parecer eran hermanas, su semblanza física así lo mostraba.
De tez trigueña y cabellos negros, una lo llevaba suelto sobre los hombros, enmarcaba un rostro redondo; la otra lucía maravillosos bucles con visos como la noche, y en sus hombros portaba un pañolón; ambas eran de ojos oscuros, sus miradas de nostalgia eran añoranza santa.
Las dos eran hermosas, con nariz ligeramente curva y labios gruesos, y sus ademanes eran suaves, atractivos, como una melodía nocturna.
Y en cierto momento sintieron que él las miraba, y albergaron algo de temor.
Y Jesús se detuvo sin mirar atrás; esperó que ellas se acercaran.
Él no decía nada, su rostro era todo bondad.
Juana, la de bucles, se atrevió y le dijo:
«Maestro, nos atrae el perfume de tu alma»; y Rut añadió:
«Por favor, discúlpanos, pero algo nos guía hacia tu aura santa».
«Descuidad; vosotras captáis el perfume que descubre la esperanza, la virtud infinita del anhelo. Desde hoy estaréis conmigo en el Paraíso. En el Reino de mi Padre hay muchas moradas, pero la mejor es la del amor santo», repuso él.
«¿Acaso moriremos hoy?», preguntó Rut.
«Amigas, hoy probaréis del árbol de la vida, pero no ha llegado la hora en que vuestros cántaros se rompan», contestó él.
«Pero Maestro, nos da vergüenza, no ocultamos que somos pecadoras», afirmó Juana.
«No os preocupéis por el pecado; a quien ama con amor santo todo le será perdonado, y el cielo alumbrará su alma con eterno regocijo. En verdad, no he venido a traer paz al mundo sino espada; pero a las almas fieles como vosotras, otorgo mi gracia», respondió Jesús.
«Maestro, si tú lo decides seremos fieles; si no, no tendremos la fuerza necesaria», dijo Rut.
«Desde antes que nacierais os he escogido, por eso me buscabais. Nadie viene al Padre sino por mí, y a vosotras quiero revelarlo», les contestó.
Y ellas cayeron de rodillas, Jesús las bendijo. Se levantaron visiblemente emocionadas, y entonces lo invitaron a casa, que quedaba cerca, en el sendero llamado De los Inocentes, pero él les respondió:
«Hoy he visitado vuestras almas, esa es vuestra morada. Cuando lleguéis a casa, mirad por la ventana hacia la hora séptima; la luna estará sobre los árboles, y entonces, en ese instante os llevaré, os mostraré la mirada del secreto que sube a las alturas inefables».
Y Jesús siguió su camino, el sendero era inmaculado; algo era inmenso en el pequeño mundo de la tarde.
**RVQ**
*********************
Otras publicaciones de este autor:




