DOÑA FLOR



De su tallo se ha desprendido una espina que vino a clavarse en mi alma, al recibir la noticia de que se había extinguido la existencia de este emblemático personaje del devenir cotidiano de nuestra ciudad.
¿Su apellido? no lo supe, igual que la mayoría de ustedes. Pero bastaba su nombre para aludir a quien con la magia de sus manos, la sapidez de su conocimiento culinario y una tenacidad y persistencia a toda prueba, logró establecer la más conocida industria de TAMALES DE PIPIAN que ha existido en nuestro terruño.
Desde la tradición de los “tamales de las Montilla” de la calle octava y “los tamales de Laura” del barrio Los Hoyos, no había quien preparara con tal sabor, aroma y presentación este potaje gastronómico tan representativo de nuestra cocina criolla.
Miles y miles de este apetecido producto culinario salían diariamente de sus fogones para halagar el paladar del más exigente comensal, que se adoba con el exótico y ancestral “ají de maní” de un sabor inigualable.
Su industria creció venturosamente gracias a la perseverancia y sacrificio diarios de doña Flor y su equipo de trabajo, como a su magistral fórmula exclusiva, hasta realizar el amplio y acogedor local que funge como su restaurante de “Ricuras patojas” en el Barrio Bolívar.
Es anecdótico decir que en el aeropuerto de Bogotá se enteraban de la llegada del avión procedente de Popayán, por el inconfundible aroma que se desprendía a través del envoltorio de hojas de plátano soasadas que guardan el delicioso contenido de pipián, único en la cocina nacional, llevados por “patojos” a sus familiares y amigos de la Capital.
La exportación, lejos de nuestro lindero comarcano hacia todo el territorio patrio, superó las más optimistas aspiraciones de cualquier chef de cocina.
Por ello, pienso que el Congreso Nacional de Gastronomía, y así se lo propongo a mi dilecto e ilustre amigo, embajador Guillermo Alberto González Mosquera, gestor, alma y nervio de ese certamen, crear un galardón que lleve al nombre de los tamales de Doña Flor y sea exhibido notoriamente en su establecimiento, para perpetuar por muchos años ese gusto que satisfizo las papilas gustativas y la grata sensación de su aroma incomparable.
Por otra parte, es de resaltar que en sus mesas generosas calmaron sus afujías muchos estudiantes que carecían de medios para pagar su almuerzo y que la notable anfitriona les suministraba gratuitamente.
Deja además doña Flor, instituido un equipo de cocina que por años la ha venido acompañando con lealtad y constancia.
Al despedir a nuestra querida amiga doña Flor en su periplo de eternidad he querido rendir homenaje a esa recia personalidad que siempre sentada en su trono frente a sus parrillas y fogones e inmensas pailas de cobre, dieron vida al más exquisito, autóctono y emblemático manjar envuelto en con infinita modestia en la tradicional hoja soasada de plátano.



