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jueves 10 noviembre, 2011 a las 5:38 pm

A DIOS ROGANDO Y CON EL MAZO DANDO

Phánor Terán, desde Tunía, patrimonio cultural del Municipio de Piendamó
Qué insoportable se hace cada día el intervencionismo religioso en la vida pública del país.
No hay día, momento y ocasión en que los prelados católicos y los pastores de las diversas religiones no aparezcan con sus mensajes sobre la salvación de la patria, sobre la salvación de las almas, de los jóvenes, en fin, del universo en su conjunto. Talante que hay que agradecer, sin lugar a dudas.
Pero lo cierto es que cada día vivimos una guerra soterrada de religiones: Los unos constituidos en partidos políticos teocráticos, los otros en movimientos, cruzadas de dudosos financiamientos, y la poderosa Iglesia Católica, entre las faldas del poder establecido.
Y como reza el dicho popular, hablando de la paja del vecino sin ver la viga en el ojo: su moral deja mucho que desear, los cementerios que desde 1.826 eran públicos, y no pocos comunitarios, después de las jornadas de Independencia por ley del General Santander, se han convertido en sus feudos.
Las iglesias construidas con el aporte de las comunidades ostentan un taparrabo de Juntas que son mangoneadas por los párrocos.
Las limosnas nutren con creces los bancos italianos.
La riqueza patrimonial y cultural que significan las iglesias, los recintos y claustros, construidos por la comunidad a lo largo y ancho del país, a punta de empanadas, convertidos en sus bienes particulares.
Los archivos eclesiásticos convertidos en propiedad exclusiva a fin de utilizarlos para acrecentar sus ingresos.
Las comunidades religiosas birlando la voluntad de la sociedad civil. Criticando los abortos como crímenes de lesa humanidad, y encubriendo los propios.
Y todo ello, justificado por la razón de que la sociedad ha perdido su fe y se hace necesario la tabla de la salvación del más allá, para vivir y deslechar el más acá.
Cada uno es libre de adoptar su religión, su ética, cada uno es libre de comer su cocinado, por supuesto. Y loable es el espíritu que las mantenga.
A no ser que también podamos intervenir en los asuntos contables de la Iglesia, en vigilar los precios de sus misas y sus servicios. Cosa que por demás debería practicarse.
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