Desde México: la elección terminó, ahora comienzan las preguntas

Por Emilio Beltrán.
Durante las últimas semanas tuve la oportunidad de recorrer distintos puntos de México siguiendo la Copa Mundial de la FIFA y, al mismo tiempo, conversar con decenas de colombianos residentes en Norteamérica que acudieron a las urnas para elegir al próximo presidente de Colombia.
La mayoría tenía algo en común: un profundo descontento con el gobierno de Gustavo Petro.
Sin embargo, en muchas de esas conversaciones encontré algo que merece análisis. Mientras las razones para rechazar al gobierno saliente eran claras y contundentes, resultaba más difícil escuchar explicaciones detalladas sobre las propuestas concretas de Abelardo de la Espriella.
No se trata de descalificar un voto. El voto castigo existe en todas las democracias. Pero sí plantea una pregunta relevante sobre el resultado electoral que acaba de vivir Colombia.
¿La victoria de Abelardo de la Espriella representa un respaldo mayoritario a un proyecto de gobierno o una reacción frente al desgaste del gobierno anterior?
Los números muestran un país dividido prácticamente en dos. Una diferencia inferior al uno por ciento no habla de un consenso nacional. Habla de una nación polarizada, de dos visiones de país enfrentadas y de un presidente electo que llega con el desafío de gobernar también para quienes no votaron por él.
Desde México, la reacción oficial fue prudente. Durante su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum dejó claro que su gobierno esperará la conclusión definitiva del escrutinio antes de emitir una felicitación formal al ganador. Un mensaje institucional que reconoce la importancia de los procesos electorales y de sus tiempos.
Mientras tanto, entre los colombianos en el exterior el ambiente era distinto. Muchos celebraban el resultado como la posibilidad de un cambio de rumbo en materia de seguridad, economía y orden institucional.
Pero la campaña terminó y ahora comienza la etapa más compleja: gobernar.
Las primeras declaraciones del presidente electo ya dejan interrogantes que merecen ser observados con atención.
Durante la campaña, Abelardo de la Espriella construyó buena parte de su discurso cuestionando el populismo y las promesas imposibles. Sin embargo, una de las iniciativas más llamativas de su propuesta, denominada “Colombia, país de propietarios”, plantea créditos de vivienda cercanos al 2 % para millones de colombianos.
La idea resulta atractiva. ¿Quién no quisiera acceder a una vivienda propia con tasas históricamente bajas?
La pregunta no es si la propuesta es popular. La pregunta es si es viable.
Porque llevar créditos hipotecarios a esos niveles implica conversaciones con el Banco de la República, con el sistema financiero y con variables económicas que no responden a decisiones políticas de corto plazo.
Algo similar ocurre con otros anuncios realizados durante la campaña alrededor del orden público y la seguridad. Algunas de las promesas que despertaron entusiasmo entre sus seguidores hoy comienzan a ser matizadas por la realidad institucional y económica que encontrará a partir del 7 de agosto.
Esa es, precisamente, la diferencia entre una campaña y un gobierno.
La campaña permite ofrecer soluciones rápidas. El gobierno obliga a enfrentar problemas complejos.
Por eso, más allá de las celebraciones o las frustraciones propias de cualquier elección, el verdadero examen para Abelardo de la Espriella apenas comienza.
Ganó legítimamente las elecciones. Pero también heredará un país dividido, con expectativas enormes y con millones de ciudadanos que esperan resultados inmediatos.
La historia reciente de Colombia demuestra que las urnas pueden entregar victorias. Lo que nunca garantizan es la gobernabilidad.
Y esa será la primera gran prueba del próximo presidente. Felicitaciones al doctor Abelardo Gabriel de la Espriella Otero virtual presidente electo de la República de Colombia.



