¿De qué justicia hablan los propietarios del poder?


“Los magnates comen cada día más torta y hojaldre y con sus leyes perturban que los sectores medios, los menesterosos y los excluidos coman hasta el trozo y los trocitos de la galleta que les corresponde”: Malahora.
Cuando tenemos los amagos de una Constituyente encima, poner en crisis el papel de la justicia conduce a cuestionar todas las prácticas jurídicas en nuestro país, y no solamente el equilibrio de poderes, lo mismo que los postulados de la justicia y la dogmática del Derecho que tutela el orden democrático de nuestra nación.
Justicia en el imaginario social de una comunidad es orden, está relacionada con la igualdad y significa equilibrio, paz y tranquilidad.
Vista así la justicia, es equivalente a igualdad, nos enseña la proporcionalidad, nos rodea de mesura y sensatez y nos traslada a estados emocionales de ponderación y ecuanimidad. En otras palabras, nos torna equilibrados.
Y si todo es armonioso, ponderado y simétrico, no existe inequidad alguna; y si la hay, la suerte, el trabajo denodado, la voluntad divina o un golpe de oportunidades se encargarán de solucionar la crisis.
En esas circunstancias, los cambios estructurales no son necesarios, la dinámica del progreso se encargará de solucionar, por sí sola, los desequilibrios, para lograr la felicidad y la supervivencia de la especie humana.
Y como en teoría todo está bien, nada hay por hacer, sobran las utopías, no es necesario compartir inquietudes con los otros, ni mucho menos cuestionar el pasado, pensar el presente de manera crítica y divisar con mejores esperanzas el futuro. Soñar con una sociedad justa, sobra.
Eso que llaman la conciencia humana, la conciencia individual, que hace parte de los seres vivos, no merece preocupación de fondo; para qué pensar en que somos diferentes de, distintos de, iguales a y peores que, si la sociedad ha sido hecha así, de una vez y para siempre.
Hasta las propias experiencias cotidianas son negadas con la imposición de una cultura que enseña la flor pero niega las raíces y la existencia de la planta.
Para aplacar la inconformidad de las personas, movimientos sociales y grupos políticos contestatarios se distribuyen, mediáticamente, algo así como dosis homeopáticas de conformismo que no logran eliminar la enfermedad y apenas sirven para mantener la resistencia y evitar que la quiebra de sentido sea total y concluya en indisciplina institucional y política, indocilidad ciudadana y desobediencia total.
Acatar -venerar, incluso- el desbarajuste y desmadre de la injusticia, para los propietarios el establecimiento político, es un acto de meritoria ciudadanía.
Se trata, mediante una estrategia de engaños no perceptibles, de ocultar, como en el juego de la bolita, dónde está la trampa, de tal manera que los jugadores incautos legitimen, apadrinen y certifiquen que la aplicación de la justicia es sana, la distracción cohesiona a la comunidad y el entretenimiento de los juicios construye sociedades felices.
Es tan delgada la forma como el Estado justifica la existencia de la injusticia social, que los oprimidos, de todos los estratos sociales, no observan la astucia, solapada, suave y vaporosa, como se acude a la masificación de la cultura de la dominación para prolongar la falsificación del bienestar.
Esta justicia, con rostro de neutralidad y rústicas expresiones de armonía, hace creer que “está dando a cada uno lo que es suyo”, cuando en el fondo es una frase vacía y desinflada, montada sobre las argucias con que juega el poder tradicional para existir.
En síntesis, esta clase de justicia representa el equilibrio, “la mitad” y la armonía; obra como en el juego de cuchillos de los saltimbanquis en los semáforos, con fingida habilidad, y acude a formas conmovedoras de ecuanimidad, en el ejemplo de la justicia paradigmática y “salomónica” de la Historia Sagrada.
Por esta vía, despojada de relaciones históricas, de justicia sin articulación con la realidad social, la sociedad termina aceptando el despotismo, creyendo en el mito del equilibrio y mirando como justo el orden arbitrario.
La guerra, conducta salvaje, se presenta como si fuese necesaria para la humanidad, y hasta el concepto de nación, del que se lucran las minorías embusteras, es utilizado para contener todo intento de bienestar colectivo mediante astutas estrategias que mantienen y prolongan el desorden social.
¿De qué justicia estamos hablando? La justicia que hoy necesitamos no es la justicia de la neutralidad y el equilibrio, de los aventajados del poder, porque todo orden jurídico al servicio de las minorías -la realidad es maestra irrecusable-, es un orden social inmoralmente injusto.
Queda claro que todo orden jurídico respaldado en los intereses excluyentes de las minorías es abusivo, y que el bien común, si no tiene implicaciones prácticas, se parece al “bien común” del que a nivel mundial hacen perversa y funesta ostentación las multinacionales del oro, del petróleo y de las armas. Hasta pronto.




