De nostalgias y fechorías (2)


Así como ninguna huella digital se repite entre millones de humanos, la visión de nuestro entorno, seamos letrados o no, es propia de cada cual, e influida por las circunstancias de la época, el medio familiar, socioeconómico y aprendizajes adquiridos en la formalidad de la escolaridad a distintos niveles, o simplemente en las duras experiencias cotidianas de la calle, con todos sus espejismos y trampas.
Así sucede con la literatura y narrativa a lo largo de diversas épocas, civilizaciones. Tratando los mismos temas del trasegar humano; preguntándonos: quiénes somos, adónde vamos; el eterno gusanillo del amor y su contracara el odio, tan cercano de dar la vida y también la muerte; las aventuras hacia territorios desconocidos, referenciando las amenas, cotidianas y a veces crudas relaciones familiares; las ambiciones de riqueza, luchas por el poder; nuestras alegrías y miserias, y otros temas de escritores de todos los tiempos; pero con la particularidad marcada por cada autor, con sus influencias de lecturas, vivencias, plasmando en sus creaciones la huella digital del estilo, la época y forma de contárnoslas.
En Popayán, caracterizada por ser muy referenciada en la obra de numerosos poetas que la han cantado y habitan, llama la atención su escasa presencia, en los pocos cuentos y novelas que transcurren a lo largo de la historia, y espacios urbanos y rurales.
Los cuentos de Jair, recopilados en el libro “De Nostalgias y fechorías”, giran entre ciudades y paisajes, a veces similares en su arquitectura de calicanto y techos con tejas envejecidas por soles y lluvias centenarias; pero separadas por el Atlántico y miles de kilómetros de tierra.
Es la evocación de los recuerdos amenos y nostálgicos de la niñez, adolescencia y la relación con sus padres, en un trópico reposado y con raigambre cultural y arquitectónica castellana, como el de Popayán con su imponente arquitectura de centro económico, político, religioso y cultural de un tercio de la Nueva Granada colonial y una helada Valladolid, donde vivió el escritor, con evidencia en calles, templos y palacios, de una arquitectura similar, como huella del pasado glorioso, cuando albergó a la realeza española.
Así lo expresa el autor, en el cuento El Atajo:
“Mientras contemplo la ciudad ajena desde mi ventana, atrapado en un diciembre gélido en el que acampa impune el corrosivo frío castellano, me extravío en las brumas de un presente confuso y sórdido y acabo abrumado por cierta sensación de fragilidad. El pasado, entonces, dispone su escenario y empieza a discurrir con sutileza. Pero lo que amenaza ser un aluvión de recuerdos, se diluye de repente, y en el silencio de la noche, vuelvo a evocar, con particular nitidez, la imagen de mi padre subiendo a su bicicleta Monark, dispuesto a emprender un viaje simultaneo al que hacemos, mi madre y yo, en los incómodos asientos de un autobús de la empresa Transpubenza. Es un viejo Dodge de un amarillo incierto, –por la reverberación del sol tiende al naranja– con un cartel de hojalata junto al conductor, que anuncia: Ruta 2, Cementerio. Es la ruta que nos llevará al barrio de mis tías solteras. El recuerdo es recurrente: mi padre, con su figura regordeta, nos dice adiós desde el andén de la calle Tercera, mientras da sus primeros pedalazos. Cada noche igual, inexplicablemente. Ni un océano de separación, ni los 30 años transcurridos, ni la enajenante opresión de vivir en un paísextraño, han servido para que el olvido haya levantado ese recuerdo, con su viento aniquilador. Intento dormir, intento comprender el vínculo que tiene ese residuo inútil de mi niñez con el insalvable cerco en el que ha acabado mi camino”.
Tanto en El Atajo, como en los cuentos El Escritor y El Hogar del Escritor, las calles y paisajes conocidos de Popayán, son protagonistas al igual que personajes tragicómicos, que nos son familiares y dan la impresión de haber compartido con ellos, una charla o un trago, sentados en bancas de algún parque o rincón sombreado de la ciudad.
En el Hueco, un sórdido humor negro impregna el relato. El autor se burla de las inútiles empresas humanas, que a veces revestimos de la solemnidad de los grandes proyectos ejecutados por hombres, que desgastan inútilmente sus vidas para pasar los días sumidos en el agujero sin fondo del trabajo sin descanso, de la rutina asfixiante y de las ordenes absurdas de sus ineptos y autoritarios jefes.
En fin, mucho podría comentar sobre el agradable conocimiento de los variados y bien construidos relatos incluidos en el primer libro de Jair Dorado Zúñiga; pero mejor es invitarlos a que ustedes lo descubran leyéndolos, con atención y abiertos a una prosa imbuida de poesía y agradables sorpresas.



