De mi poema «Huidobra»


REÍR

No hay que ser
adusto, vomito un manantial de risas.
Soy alegre por dentro y por fuera,
algo me enseñó a volar; el viento me ayuda a sobrevolar los agujeros negros.
En verdad, hay que rizar con risas el
agua del manantial soberano.
Reír es épico; la tragedia la cuelgo
en las ramas del cuervo, sabrá saborear su legítima defensa.
Reír es atreverse cuando de pronto
caemos en un dedo de la muerte, y la precipitud del miedo frena el alborozo.
Reír para atravesar las camisas de
fuerza sin que desfallezca el péndulo.
Reír con el temple de los comisarios
locos de la boca.
Reír en la primera y última parada de
las perlas enigmáticas.
Reír recogiendo la cosecha de albas en
la puerta de las selvas atoradas de guerras.
Reír para reencontrar la nota musical
fugada entre lágrimas de los sombreros.
Hay que reír cuando el llanto se torna
quisquilloso, proclamar el lagrimear de la alegría, sin atorarse por el aparecimiento
de la muerte rápida.
Reír, sin pedir permiso a los
guardianes de la boca.
Reír, hasta hacer volar las alfombras
insurrectas.
En verdad, toda sombra debería
proteger la risa antes de que el campanario reclame sus canciones fúnebres.
Hay que reír en la inmensa soledad de la migraña, convocar los edictos
irrisorios del planeta alegre.
Si acaso no podéis reír, sembrad
volverases en las semillas esquivas de las risas; recogeréis cosechas de
cosquillas.
No lo olvidéis jamás, la risa es una
fuerza; desflora el himen de la tristeza crónica, construye una estación para
los locos de la risa.
Morir de risa es un privilegio, pero
tal vez los guardianes no os dejarán entrar al funeral con el repicar festivo
de las bocas.
Estremeced el tiempo telaráñico con la
risa.
En una colina se acostó mi risa; yo la
dejé descansar entre las hierbas; quizás vuelva, a contagiar todo el bosque y
las montañas.
Bajo el agua uno no ríe; es acaso
necesario desaguar la seriedad.
Entre las risas y la seriedad forzada
hay un puente que sostiene la tentación de no reírse.
En verdad, en la risa encuentro los
diez mil dientes de los estallidos del tiempo.
Acoged la risa como se recibe una
fiesta en las costillas, y más si el castillo está deshaciéndose del luto.
Reír por años seguidos no cuesta nada,
pero quizá os miren con dispensarios psicológicos.
En realidad, la risa no se cura; se
va, como las vecinas, después de chuzarse mutuamente las escapatorias.
El hombre que no ríe tiene las
ventanas atascadas del serafín loco.
Arlequines van llenando de colores mi
risa metafísica, y entonces coloco espejos para multiplicar las alegrías del
cuarto de clausura.
Buscad al comisario risueño; ha
elevado mil cometas con su ligereza.
Es que la risa os volverá ligeros;
ella será el hazmerreír de todo reportaje hecho sin abrigos melancólicos.
A veces la risa proclama la libertad
de los bolsillos; reír de la propia pobreza es la libertad de los filosofantes pantagruélicos,
gargantúas en su comprensión ultramundana de la indiferencia.
En verdad os digo, había mucha risa en
el jardín de las delicias; entrad ahí si podéis; nacerán de nuevo vuestros
huesos.
Reír zaratústrico en la fiesta
profética de los hiperbóreos.
Reíd de vosotros mismos cuando el
camino no os deje pasar entre las ánimas del purgatorio.
Reír, edicto zaratústrico para
despedirse de los muertos.
Reír en vida, reír en la muerte;
entonces comienza la fiesta de los pies ligeros, quizá el cielo os designe una
nube glamurosa.
Y daréis las gracias por tanta alegría
persiguiendo las galaxias, estaréis atentos al aparecimiento de la gracia.
Y en verdad os digo, la gracia consiste
en recibir gratis de Dios las alas de un gorrión feliz.
**RVQ**
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