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Jueves, 1 de octubre de 2026

DE LOS NIMIOS SUCESOS DEL RÍO CALI

Río Cali
Bulevar de los Días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano
Río Cali
Río Cali cerca del Parque zoológico.

 

Hoy, como todas las mañanas que estamos en la ciudad, salimos con mi novia a caminar hasta dar la vuelta al Río Cali, como nos cuenta Garcilaso de Elisa y Nemoroso por el Río Tajo. Es como ir a visitar a un amigo enfermo. Esperamos encontrarlo con vida, dicharachero, rumoroso. Hoy lo vimos jugando con una bola roja que se le acercaba para que le saltara por encima.

El Río tiene aspecto de un sabio recostado todo el día sobre su silla de piedra y espumas. Abuelo de cabello largo, conversa en voz baja con los peces que llegan a sus pies a cosquillearlo, los mira alejarse rápidos. Es testigo de las andanzas de los martines pescadores, de las inocentes imprudencias de las garzas que se bañan y alzan sus piernas en su propia cara y conversa con las algas que lamen sus costillas.

El día para él tiene sorpresas que le hacen pasar su vida cantando. Aunque, a veces, ocurren eventos que le duelen hasta sacarlo de su cauce corriente. De vez en cuando algo oscuro le llega por la espalda o, con disimulo, por los vertederos o por debajo y debe levantarse de su silla a borbotones. Son oleadas de mugre, de desechos industriales, de cargas de arenas y escombros que bajan de lagunas de aguas negras y de las receberas en las laderas junto a su lecho.

Al Río le encanta cantar arias como un barítono y regodearse con veste azul, blanca o gris con pañuelo en el bolsillo, como lo hacía Pavarotti para enjugarse el sudor por el calor en la cantata. Cuando está casi seco, al pobre Río le toca cubrir sus huesos con bolsas y basuras que arrojan los paseantes. Hasta le llegan inmundicias de perros caseros a su cara.

Sin embargo, son más las cosas agradables que suceden en su entorno. A lo largo de su hacienda habitan mudos y locuaces animales que lo distraen en su letargo o su carrera. Cientos de aves silvestres lo visitan y otras son asiduas en hacerle compañía. Como las torcazas pardas, los canarios amarillos y las mirlas, negras y pardas de buche blanco y los petirrojos.

Ya se ha vuelto costumbre que anden por entre las piedras las ibis negras con pico largo rojo, ancas y patas rojas, los garzones reales y las garzas blancas de corto pico amarillo y ancas y patas negras y otras de pico amarillo, ancas negras y patas amarillas y unas patas pequeñas y elegantes de color pardo claro. Ellas son como damas que viajan en la limusina de sus aguas y bajan a bañarse cuando el calor sube por sus muslos y axilas.

Halcones con su largo y agorero pitido alertan en dúo a sus congéneres desde la altura para tener éxito en la cacería de aves pequeñas distraídas. Cirilo, el Búho, ha cambiado de casa y espera que Sybille vuelva a su rama a acompañarlo. Las iguanas, poco se dejan ver por estos días. Me imagino que deben estar ocupadas arreglando su lujoso ajuar de vestidos verdes, rojos, bandas negras y collares y manillas comprados a los Emberas. O, a lo mejor, están de nupcias o en la época del desove.

Seguirá el Río su curso y nosotros, los novios, tomados de la mano lo oiremos cantar su nemorosa oda al viento.

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