Por Alfonso José Luna Geller / Los periodistas somos ciudadanos. Pensamos, sentimos y tenemos soportes ideológicos como cualquier persona. Lo nocivo no es tener convicciones; lo perverso es convertir un medio de comunicación en el vocero exclusivo y ciego de una tendencia electoral. Por eso, dado que mis sólidas creencias políticas son públicas, debatidas y hasta criticadas, tengo el deber ético de explicar cuál será mi actitud frente al nuevo gobierno que iniciará el próximo 7 de agosto bajo la conducción de Abelardo de la Espriella.
Por convicción y coherencia, quería que ganara Iván Cepeda. No ocurrió. Ante las realidades que uno no puede cambiar, corresponde adaptarse al nuevo país. Pero adaptarse en democracia no es rendirse, callar o camuflar los principios; significa reconocer con madurez que millones de compatriotas miraron la nación desde otra orilla y eligieron una propuesta distinta. Significa aceptar el resultado institucional y prepararse para fiscalizar el nuevo momento político con serenidad, inteligencia y un riguroso sentido crítico.
La derrota electoral posee una virtud pedagógica que la soberbia del triunfo suele eclipsar. Ahora caigo en cuenta de que estoy diciendo algo similar a lo que en su momento dijo el director técnico Francisco “Pacho” Maturana y que fue hasta risible y ridiculizado: “perder es ganar un poco”. Tomada como una excusa deportiva, suena floja; pero aplicada a la salud de una democracia, encierra una verdad incómoda y necesaria. ¿Qué es, entonces, lo bueno de perder? Lo bueno es que se desvanece la comodidad del oficialismo y comienza la obligación de pensar. Quien gana se llena de compromisos, transacciones y burocracia; quien pierde, si es inteligente, se llena de datos, conocimiento, experiencia y tiempo para comprender hacia dónde se mueve verdaderamente el país.
Hacer periodismo desde la independencia analítica nos devuelve un activo invaluable: la libertad absoluta de examinar el poder sin la obligación emocional de justificarlo. Cuando gobierna el sector propio, la crítica se vuelve incómoda, se matiza o se calla para no hacer daño técnico. Cuando ese adversario llega al poder, la realidad reemplaza la imagen. Y casi siempre la realidad es más compleja, más matizada y más interesante que el caricato que habíamos construido. Toca leer planteamientos completos, auditar a sus ministros y confrontar sus promesas con los hechos tercos de la realidad: seguridad, economía, salud, empleo, paz y funcionamiento institucional.
Durante los próximos años podremos comprobar, con hechos y no con pronósticos, hasta qué punto nuestros temores eran fundados, cuáles estaban sobredimensionados y en qué asuntos el nuevo gobierno puede sorprender. Eso convierte las opiniones en hipótesis verificables, que es exactamente donde el periodismo debe operar.
No sería honesto, ni patriótico, desear que todo salga mal solo para tener la miserable satisfacción de decir «se los advertí». Como ciudadano, aspiro a que el nuevo Gobierno acierte en la reducción de la violencia que desangra a regiones como el Cauca, y que consolide el crecimiento económico. Otra cosa es mantener una vigilancia firme para señalar abusos, retrocesos y decisiones que lesionen derechos, en especial los de las comunidades afrodescendientes e indígenas del Pacífico y el norte del Cauca, que son el corazón de nuestra cobertura.
La verdadera calidad de las convicciones democráticas no se demuestra cuando el candidato propio vence; se pone a prueba cuando triunfa el adversario y, aun así, se respetan las instituciones y se ejerce la oposición dentro de la ley. Colombia no empieza ni termina con un presidente; los mandatarios reciben un mandato temporal, no la propiedad de la nación.
A partir del 7 de agosto, nuestra tarea en Proclama del Pacífico no será la de obstaculizar por sistema ni la de aplaudir por conveniencia. No pasaremos de la complacencia con unos a la persecución rabiosa con otros. Aplicaremos el mismo rasero, exigiendo el respeto institucional que siempre hemos defendido.
Hemos recuperado la libertad de vigilar el poder con la distancia exacta. No hemos perdido la esperanza, ni la capacidad crítica, ni el compromiso inquebrantable con el destino de nuestra región: el Pacífico colombiano.
El pulso electoral terminó; el ejercicio de la razón y la fiscalización civil apenas comienza.
Otras publicaciones de Alfonso Luna Geller en Proclama del Pacífico: