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Jueves, 1 de octubre de 2026
lunes 19 octubre, 2009 a las 7:42 pm

De ingratos está el mundo lleno

Creemos que la ingratitud parte de un desproporcionado sentido de superioridad personal que muchos alientan sin razones aparentes para justificarlo.

Recuerdo en mis años de niño a un personaje típico de Puerto Tejada a quienes todos conocíamos como “Chaqueta”, quien se sustentaba de la limosna que manos generosas le hacían llegar pese a sus agresivas palabrotas insultantes para quienes le molestaban. Alguien me mencionó que la característica de este pobre y desquiciado hombre era que nunca daba las gracias por lo que recibía.

Cuando le llamaban la atención sobre esta descortesía, que iba en contra de él mismo, su atención se desviaba y continuaba impertérrito su camino maldiciendo o arrojando piedras.

En cierta ocasión logré en el entonces almacén de mi madre una conversación con este agresivo pordiosero pueblerino, y de pronto le hice esta pregunta: ¿por qué nunca das las gracias por lo que te dan?. Su respuesta no la olvido: “Porque no me dan sino de lo que les sobra”.

“De ingratos está el mundo lleno”, siempre me ha dicho mi mamá, desde hace un montón de años, cuando alguien ignoraba el bien que se le había prodigado. Y siempre me he preguntado si ¿Es cierto que la ingratitud es parte de la naturaleza humana?.

Hay mucha gente agradecida que proyecta ingratitud por el simple hecho de que no se animan a vestir de palabras los sentimientos que anidan. A menudo me encuentro con personas que me dicen cuán agradecidas están por esto o aquello que pude alguna vez hacer a favor de sus vidas. “Lamento que no se lo dije antes; pero en mi casa estamos muy agradecidos a usted por …”. ¿Quién que se haya dedicado al servicio público no ha oído este tipo de expresión?. Mi consejo es bien simple: ¡si está agradecido, dígalo o escríbalo; pero jamás lo calle!. Recuerdo las palabras de un viejo poema cuyo autor desconozco: “… la voz nos la dio Dios para que le habláramos, y las bendiciones nos las da para que se las agradezcamos…”.

Para ser agradecidos es necesario despojarse de la idea de que la gratitud exalta de forma indeseada al dador. ¿Para qué voy a darle las gracias?, me preguntaba un joven refiriéndose a su hermano de más edad, y añadía: ¿Para inflarlo más de lo que está?. Yo estimo que quizás, en efecto, en algunos casos la gratitud tenga algo de servilismo, y que en otros tantos la persona que la recibe sienta un impulso hacia la superioridad; pero se trata de situaciones aisladas, de excepción. En la vida cotidiana las cosas no tienden a suceder de esa forma.

Hay que reconocer que la ingratitud suele ser una distorsión del carácter. Hay gente que no agradece porque es mala. Los envidiosos, los avariciosos, los orgullosos – y pudiéramos alargar la lista -, son ingratos porque en el corazón no le caben virtudes, ya que lo tienen lleno de vicios. Diderot puso de manifiesto su cinismo cuando dijo que “la gratitud es una carga y las cargas se hacen para que nos las quitemos de encima”.

“Si recoges a un perro hambriento y lo alimentas, nunca te morderá; esa es la diferencia entre un perro y un hombre”, decía Mark Twain. Es cierto que la ingratitud es un deterioro de nuestra humanidad, una mancha en nuestro carácter, un peligroso déficit en nuestra personalidad. Lamentablemente hay muchas personas que no son conscientes de esta realidad. Yo creo, a fin de cuentas, que lo mejor del mundo es hacer el bien y no esperar otra recompensa que la del gozo de hacerlo.

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