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viernes 23 junio, 2017 a las 11:32 am

DE BICHOFUÉS Y ALONDRAS

pajaros
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano

DE BICHOFUÉS Y ALONDRAS

http://www.minifauna.com/2009/11/26/la-alondra/

Camino a diario, como lo recomiendan los médicos, para conservar la lozanía y el garbo. Voy a paso un poco rápido o aeróbico para que valga la prescripción y la caminata no devenga en una vana salida de casa a pasear las canas. Claro que no voy trotando, porque cae mal para las rodillas. Así me lo enseñó una experta en gimnasios y belleza.

En la caminata no solo aspiro el aire y doy ventilación a los pulmones. Alzo la cara y echo atrás los hombros para no agacharme mientras paseo y dar la sensación que me preparo para ser un Jorobado igual al de París. Así me lo ha hecho ver la hija a quien la Naturaleza le ha enseñado a proteger la vida sana y la salud. Cada rato me tocaba la espalda y me decía: Enderécese, papá. Mire al frente y no ande con los ojos mirando al suelo.

Caminar, pues, trae grandes enseñanzas. Como observar los árboles, saludarlos, avistar pájaros y abrir los oídos para disfrutar el canto de bichofués, alondras y las retretas de las guacharacas y las bandadas de loros y loras en la mañana.

Hago tres cuartos de hora de caminata o cuento cinco vueltas al parque o a las dos manzanas alrededor de la casa donde habito ahora. Llego sudoroso y calientico a las 7:15 de la mañana. Preparo mi desayuno con una rebanada de queso, pan de cereales y chocolate en leche.

Pero queda en mi cuerpo la sensación de la caminata que me permite despejar la cabeza, la mente y dar al aire a mi cara, mis miembros para fortalecerlos y ejercitar los músculos y fibras lentas y duras. Costumbre sana que me quedó de la experiencia con la operación de «corazón abierto».

Esta mañana, por ejemplo, me sorprendieron apenas comenzaba la primera vuelta, dos parejas de avecillas. Dos alondras que se correteaban felices y mostraban sus habilidades de vuelo a ras de tierra y otros dos petirrojos ya mayorcitos que coqueteaban en voz baja y hacían contorsiones para cortejarse. Había que verlos piando, cerrando sus ojitos y estirando el pico pidiendo un piquito. Parecían un par de novios por la calle, haciéndose la corte mutuamente. Fue una escena que apenas si duró unos segundos.

Arriba, ayer, sobre el árbol más alto, estaban parloteando en qué algarabía dos loros, él y ella. Parecía, una bandada de músicos destemplados con sus cajas y trompetas de lata y guacharaca. Tal vozarrón sacaban por entre los picos y sus plumas. Empezaba ella a rezongar y él otro hacía sonar su garganta seca y rajada con unos sonidos estentóreos que llenaban todo el parque y el barrio se conmovía.

Ah, del paseo diario que trae toda clase de sorpresas. Un vendedor de empanaditas, rosquitas y pandebonitos conversa a voz en cuello con sus clientes que bajan de los taxis a imitar a los loros con su charla animosa acompañada de agudezas y chisme de barrio. Yo algo alcanzo a oír, de pronto, pero no me sumo al corro.

19-06-17                                                       8:30 p.m.

 

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