De abuelos a nietos: La partitura infinita de los Hermanos Guejia
Por David Luna
Dicen que en el norte del Cauca la música no se aprende leyendo partituras, sino escuchando el viento que baja de la montaña. Y nadie ha escuchado ese viento con tanta atención como la familia Güejia.
Mientras el mundo afuera cambiaba a la velocidad de la luz, en el seno de esta familia de Santander de Quilichao ocurría un milagro silencioso que ya lleva cinco generaciones, no es una herencia de tierras, ni de dinero; es la herencia del sonido.
Ver a los Hermanos Güejia en escena es ver un árbol genealógico hecho canción. No son solo músicos; son el testimonio vivo de una resistencia cultural que se niega a morir. Cuando suenan sus instrumentos, el tiempo parece doblarse. El formato es una rareza exquisita, una comunión entre cuerdas, vientos y percusión que narra la historia mestiza de esta tierra.
Más de un siglo de melodía «Esto lo tocaba mi tatarabuelo», podría decir el más joven del grupo, y no sería una metáfora. Cinco generaciones significan que esta música sobrevivió a la violencia partidista, a la llegada de la tecnología y al olvido estatal.
Lo que hacen los Güejia va más allá del entretenimiento. Cada vez que rasgan una cuerda o golpean un cuero, están «limpiando» el territorio. Son los guardianes de un sonido autóctono que corre el riesgo de extinguirse si no fuera por terquedad amorosa de familias como esta.
Hoy, en pleno siglo XXI, los Hermanos Güejia no solo tocan para el público; tocan para sus ancestros. Son la prueba viviente de que en Santander de Quilichao, la cultura no es algo que se guarda en un museo, sino algo que se respira, se toca y se baila.
Ellos son la memoria sonora de nuestro pueblo, gracias por existir.