CUENTO DE LA LUNA PÁLIDA DE AGOSTO (1951)



Comienza con una música inquietante, pero el filme tiene título poético; la pobreza es el preámbulo del cuento, la fantasía anuncia su batuta.
Siglo XVI, ¡qué vida tan rústica; y en medio de la guerra, la felicidad es totalmente esquiva.
«La verdad, preferiría que trabajásemos menos, y pudiéramos disfrutar con alegría de nuestro hijo». Pero el alfarero siempre quiere más, «su objetivo es ganar dinero, nada hay de malo en ello». Y el caos amenaza, los soldados invaden…
La vida es como una barca en medio de la bruma, presagios atemorizan. ¿Qué habrá más allá del río? Toda despedida es advertencia, incertidumbre. «Todo lo que es bello me atrae», dice la misteriosa dama; y el artífice de la belleza, el alfarero, se ve enredado en el extraño mundo de la princesa; intempestivo amor que todo lo cambia… mientras el hijo y la esposa quedan en abandono. «Vuelve con ellos», advierte el adivino, «la princesa es un alma en pena, de lo contrario morirás». Y lo impensable se revela, el desenlace se muestra entre las ruinas.
«La guerra confunde nuestras mentes y nos roba los sueños», concluye este filme japonés de Kenji Mizoguchi (1951), mientras algo misterioso, sobrenatural, ha extraviado la realidad.
RVQ
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