
Durante años nos han acostumbrado a creer que la política consiste en destruir al contrario.
Que ceder es sinónimo de debilidad y que conversar con el adversario equivale a traicionar los principios.
Esa visión ha sido una de las mayores tragedias de la democracia colombiana.
Sin embargo, lo ocurrido en el Congreso demuestra que, cuando las circunstancias lo exigen, incluso quienes representan proyectos políticos opuestos pueden encontrar puntos de coincidencia.
El Pacto Histórico y el Centro Democrático, protagonistas de algunos de los debates más intensos de los últimos años, coincidieron para impedir que una mayoría parlamentaria actuara como una aplanadora del nuevo gobierno.
Más allá de las posiciones de cada partido, el mensaje es claro: ninguna democracia sana puede sostenerse cuando una sola fuerza pretende imponer siempre su voluntad.
Los acuerdos políticos no son una anomalía. Son la esencia de la democracia.
El Parlamento fue concebido precisamente para debatir, negociar y construir consensos, no para convertir las diferencias en un campo de batalla permanente a la que nos tienen acostumbrados a presenciar.
Colombia atraviesa una época de profundas divisiones. Las redes sociales y los medios hegemónicos, amplifican los insultos, los discursos radicales alimentan el resentimiento y muchos dirigentes han descubierto que el odio produce más aplausos que la sensatez.
Pero ningún país logra construir un futuro estable sobre la base de la confrontación permanente.
Dialogar no significa renunciar a las convicciones.
Significa reconocer que, por encima de las banderas partidistas, existe una responsabilidad superior con la Nación.
Los desacuerdos seguirán existiendo, y así debe ser en una sociedad democrática. Lo importante es que esas diferencias no impidan encontrar soluciones cuando el interés de Colombia lo exige y más, cuando la democracia está siendo amenazada.
Tal vez el episodio vivido ayer en el Congreso no cambie por sí solo la política nacional.
Pero deja una lección que vale la pena rescatar: los adversarios pueden competir con firmeza sin dejar de reconocer la legitimidad del otro. Esa es la diferencia entre una democracia fuerte y una democracia atrapada por el sectarismo y el fascismo.
Ojalá este sea el comienzo de una nueva etapa.
Una en la que los acuerdos dejen de verse como traiciones y empiecen a entenderse como actos de responsabilidad. Porque Colombia no necesita más vencedores sobre las ruinas del contrario. Necesita dirigentes capaces de demostrar que, cuando el país está en juego, el diálogo siempre será más valiente que la confrontación.
Quizás esa sea la mejor noticia para los colombianos: comprobar que, aun entre quienes han sido rivales irreconciliables, todavía existe espacio para los acuerdos. Y mientras exista esa posibilidad, también habrá esperanza para una verdadera democracia.
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