CUANDO EL VECINO SE HIZO NECESARIO

Crónica de un terremoto y de la política que aprendimos en la calle.

Por: Guido Germán Hurtado Vera. Historiador y politólogo.
Mientras las cámaras miraban a las capitales, fueron los habitantes de los municipios y de las zonas rurales apartadas quienes alzaron la voz en redes para decirle al país: «aquí también nos caímos, y nos quedamos sin nada». Poco a poco se nos va revelando el verdadero drama de este terremoto.
El lunes 10 de agosto a las 7:34 a.m. el epicentro se ubicó en San José del Palmar, Chocó. Con una intensidad de 7.4 en la escala de Richter. Los departamentos más golpeados fueron Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas, Quindío y Cauca. Ciudades como Pereira, Cali, Manizales y Armenia sintieron con fuerza el temblor y hoy reportan los mayores daños.
Decidí esperar.
Escribir en caliente es fácil. Escribir con miedo también. Lo difícil es escribir cuando baja el polvo y uno puede pensar.
Por eso estas líneas llegan días después. Después del susto, de la radio prendida, de la televisión y del internet desbordado. Después de seguirle la pista, dato a dato, a lo que pasó y a lo que aún no termina.
Mi familia está bien. Y eso me deja escribir sin que me tiemble la mano.
Me pesa el alma por quienes no tuvieron la misma suerte.
Hoy escribo con el corazón en la mano.
Un abrazo solidario para mi exalumno Carlos Andrés Aponte, periodista de Caracol Noticias y ex compañero de universidad. Hoy vive un drama que nadie debería vivir: sus padres y su sobrina de 9 años fueron encontrados sin vida bajo los escombros de uno de los conjuntos de apartamentos colapsados en el sur de Cali.
Un abrazo también para Teo y Meri, mis vecinos en Santander de Quilichao y abuelos de Catalina. Y para Alejandro y Mónica, padres de Catalina. Una joven de 18 años, estudiante de medicina, una gran persona que murió en Manizales a causa del terremoto. Por ellos, por su familia y por todas las familias que hoy lloran, escribo esta crónica.
UNA IMAGEN QUE NO SE BORRA
En estos días he visto imágenes que no me dejan dormir.
Familiares grabando videos de solidaridad y atrás, a pocos metros, las ruinas de edificios colapsados. Y saber que allí adentro hay personas y mascotas con vida, llamando, esperando, sin que nadie las pueda sacar todavía.
Eso duele. Duele en el estómago. Es impotencia pura.
Porque uno está aquí, con techo y con agua, y allá hay manos pidiendo ayuda entre el concreto.
Y uno no puede hacer más que compartir, exigir y no soltarlos.
El sismo no pidió permiso. Rugió, se movió la tierra y vino el silencio más largo que he escuchado: un silencio lleno de polvo, de sirenas y de preguntas. El temblor se sintió desde la costa hasta el altiplano, pero fue en el suroccidente donde la tierra cobró más caro. Después supe por televisión y por los reportes: muchas edificaciones y casas se habían venido abajo, y con ellas muchas personas dentro.
Y en esas primeras horas la respuesta fue desigual.
En algunos lugares el Estado llegó rápido: Ejército, Policía, Cruz Roja, bomberos, defensa civil y organismos estatales de desastres. En otros la ayuda institucional demoró. El golpe fue tan grande que ningún protocolo lo cubrió todo de entrada.
Mientras tanto ya estaba la gente.
El vecino en pijama. El de la tienda. El taxista. El estudiante. La vendedora. El trabajador.
No se debían nada. No conocían a los de adentro. Pero se metieron entre el escombro. A oído, buscando voces. A pulso, moviendo piedra. Con la luz del celular y la urgencia por delante.
LA GENTE QUE NO ESPERÓ
Esa gente dice que no cree en la política. Que todos son lo mismo.
Y sin embargo, sin carné y sin discurso, hizo lo que había que hacer: ponerse de acuerdo sin que nadie mandara, decidir rápido y cuidar al otro sin esperar nada a cambio.
Unos removieron escombros con sus manos.
Otros, desde lejos, mandaron lo que tenían: agua, arroz, una cobija, una linterna. Para que los de allá aguantaran la noche y los de acá no se acostaran sin comer.
En muchas zonas los ciudadanos ocuparon el tiempo mientras llegaba la institucionalidad. En otras trabajaron hombro a hombro con ella. Porque cuando la emergencia aprieta, la solidaridad se vuelve el primer protocolo. Y ahí entendí algo: la política también se hace sin tarima.
EL PUENTE QUE A VECES SÍ SIRVIÓ
Después se vio al Estado con más fuerza. Con voceros, con chalecos, con brigadas.
El Presidente, los gobernadores y los alcaldes salieron a explicar qué sigue y a pedir calma.
Y hay que decirlo: en varios sitios el puente entre el Estado y la gente funcionó.
Se sentaron el funcionario y el del pico y pala. Se escucharon. Y la ayuda fluyó. Ahí uno entendió cómo debe ser.
Pero en otros sitios falló la coordinación.
Los ciudadanos no sabían a quién reportar. Y las instituciones no tenían claro a dónde ir primero.
El reto no es negar lo que funcionó. El reto es que lo que funcionó se vuelva regla.
Porque en una emergencia cada minuto cuesta vidas. Y la foto no reemplaza al plan.
EL CELULAR: SALVA Y MATA
Lo primero que llegó, incluso antes que las cámaras, fue el celular.
Con él se grabó el derrumbe, se pidió ayuda, se ubicaron heridos. Sirvió para decir «aquí falta agua», «aquí hay un abuelo solo», «yo mando ayuda desde otra ciudad». Sirvió para saber quién estaba vivo.
Pero también trajo lo peor: el pánico, el chisme y el que opina sin haber pisado el polvo y los escombros. Un rumor mal difundido puede desviar una ambulancia.
El problema no es el celular. El problema es que no nos enseñaron a usarlo con responsabilidad. Y esa irresponsabilidad también cobra vidas.
LA NOTICIA QUE DEBE CURAR
Después llegaron los medios. Y muchos repitieron las imágenes que ya habían salido de los celulares.
Su trabajo debería ser uno solo: orientar, ubicar y conectar a quienes necesitan ayuda.
Muchas veces lo hicieron bien. Nos mostraron rostros, nombres e historias. Y el país se volcó a ayudar.
Pero otras veces el dolor se volvió espectáculo. Amarillismo, ideología y carrera por quién grita más duro.
La noticia puede ser puente o puede ser muro. Ojalá los medios elijan siempre ser puente. Porque de eso depende a dónde va la ayuda.
EL DÍA DESPUÉS QUE TODAVÍA NO TIENE NOMBRE
Ya pasaron los días y la ruta de reconstrucción todavía no se ve.
En medio del ruido también escuché explicaciones.
Que si era castigo de Dios. Que si era culpa del cambio climático. Que si era el fracking.
Los terremotos no piden permiso ni avisan. No tienen responsable. Tampoco los dinosaurios desaparecieron por eso. Son de la tierra.
Buscar culpables no saca a nadie de los escombros. Lo que saca es la pala, el agua y el acuerdo.
Aún no hay un dato oficial y unificado de víctimas y afectaciones. Lo aprendimos en Popayán y Armenia: sin ese diagnóstico claro, la reconstrucción empieza mal. Allí la corrupción se robó la reconstrucción. Y eso merece otro artículo.
Y están también los que salieron caminando pero lo perdieron todo. A ellos la hoja de ruta les urge el doble. Necesitan techo hoy, no promesas para mañana.
Escuchar al Gobierno, a las fundaciones, a las ONG y a los países hablar de créditos, subsidios y ayudas es necesario. Pero la gente necesita algo más: saber cómo, cuándo, con qué plata y quién vigila que no se pierda un peso.
Empiezo a ver promesas de préstamos y de apoyo para quienes lo perdieron todo.
Veo fundaciones y gremios poniendo recursos y organizando campañas.
Y ya algunos países se han sumado. Dicen que envían recursos económicos, brigadas de rescate y víveres y equipos. Eso es solidaridad y se agradece.
También estoy viendo iniciativas de ciudadanos y de grupos particulares que han logrado conseguir ayuda en el exterior o en otros lugares del país. Eso habla muy bien de nosotros.
El problema es que la institucionalidad no contempló esto. Si no hay sincronización, esa ayuda puede no llegar. O llegar y perderse.
Pero insisto: la hoja de ruta no es clara.
Falta saber de dónde sale cada peso, de aquí y de afuera, y quién hace veeduría.
Mientras el plan no se comunique de forma clara, pública y verificable, la gente seguirá atrapada entre el escombro y la promesa.
LA POLÍTICA QUE SÍ DA RESULTADOS
Este sismo nos obliga a redimensionar la política.
Porque la política no es corrupción. Esa percepción es falsa. La política sirve para garantizar el bien común.
La política también es el vecino que comparte agua. Es el estudiante que organiza una cadena humana. Es el trabajador que carga escombros. Es ponerse de acuerdo para que todos vivan mejor.
Lo que vimos en la calle se llama política ciudadana. Y la hicimos sin saber que tenía nombre.
De eso nos habló Aristóteles hace 2400 años: el ser humano es un animal político. Y aquí lo comprobamos. En pijama, con casco, con delantal. Dando resultados concretos.
LA ESPERANZA QUE VIMOS EN VIVO
Cuando en la televisión aparecía una mano saliendo del escombro, cuando cargaban a una persona o a una mascota entre aplausos y polvo, el corazón se me salía del pecho. Las lágrimas no pedían permiso.
Y entonces daba gracias. Gracias a esos héroes anónimos de pala, de guantes rotos y linterna en la frente. A esos que no salen en los titulares pero que son el espejo más limpio de lo que debería ser como país.
En ese minuto exacto volví a creer en la especie humana. Y la esperanza, esa terca, me emborrachó el alma. Porque entendí que aunque la tierra se caiga, la gente se levanta.
PARA CERRAR
El vecino se hizo necesario porque la emergencia no esperó.
Y si el vecino se hizo necesario, entonces la política también.
La que nace cuando tu vecino te necesita.
La que nace cuando entendemos que reenviar un mensaje también tiene consecuencias.
Cuando el medio decide informar sin vender dolor.
Cuando el funcionario aprende a escuchar.
Y cuando el Estado tiene la obligación de decir con claridad: esto vamos a hacer, con esto contamos y así lo vamos a cuidar.
Porque al final, cuando todo falla, el primero que llega no es el Estado ni la cámara. Es el vecino. Y por eso el vecino se hizo necesario.
La próxima crisis no va a tocar la puerta.
Puede ser la tierra, el agua o la violencia.
Y cuando llegue, más nos vale estar listos: con gente dispuesta, con Estado presente, con ética, con cabeza fría… y con una hoja de ruta clara.
Porque la memoria sin plan, se repite.
Porque hoy, mientras escribo, hay familias como la de Carlos Andrés Aponte, y como la de Teo, Meri, Alejandro y Mónica, que ya no están esperando. Las lloramos. ¿Vamos a honrar su memoria con un plan que sí llegue a tiempo?
Santander de Quilichao. 13 de agosto de 2026.
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Foto: Facebook – Alcaldía de Cali.



