¿Cuál calidad de la eduación?

En el excelente conversatorio del pasado martes 18 de marzo del presente año, a las 5 de la tarde, en el magnífico auditorio de Comfacauca, completamente colmado hasta las banderas, el columnista, escritor, poeta y ensayista William Ospina, a propósito de la presentación de su excelente libro de ensayos sobre la educación titulado “La lámpara maravillosa”, (el cual recomiendo especialmente a mis compañeros educadores, para que ojalá lo lean, lo mismo a las demás personas ávidas por leer), expresó una idea contundente, que me dejó anonadado y perplejo. Exactamente en 5 palabras, resumió un pensamiento que hace días me estaba rondando y torturando con insistencia infinita acerca del quehacer educativo: “la educación debe ser sencilla”.
Entonces dentro de mi ser interior, una voz silente al instante respondió sin ninguna duda y con toda la certeza del caso: “es la pura verdad, en medio de este barullo educativo en que hoy nos encontramos en Colombia”. Y es que, precisamente, esas eran las palabras mágicas que estaba esperando con fruición, y que alguien con la calidad intelectual del conferencista, me las dijera para redondear el tema de esta columna, el cual vuelvo y repito, me estaba persiguiendo sin cesar.
Vamos al grano. Toda esta cuestión, comenzó con un dolor de cabeza. Hace días, en una de las tantas reuniones programadas por la Institución Educativa, para clarificar el tema de las llamadas ahora competencias, junto a los famosos estándares, indicadores de logros, etc., etc., en Español y Matemáticas. Al final, todo se convirtió en una confusión bárbara (ideológicamente hablando), al tratar de conciliar el orden de los acápites para cada área. En medio de la discusión bizantina, tal como es mi costumbre y mi norma de vida, me mantuve al margen, y ya con un tremendo dolor de cabeza encima, pues era la 1y 30 PM., y con hambre, me pregunté a mí mismo: “y esto para qué sirve?”.
A mi modo de ver, la esencia de la cuestión reside en esa bendita costumbre que tienen los ministros de educación de querer imponer sus “caprichos” pedagógicos, sin nunca tener en cuenta nuestra propia idiosincrasia e identidad, importando hasta modelos extranjeros, con el fin de darse ínfulas y notoriedad (recuérdese a propósito la famosa misión alemana, que hace años atrás, inundó al país con ese modelo). Pero miren cómo es la vida de amable conmigo, estaba escribiendo esta columna, cuando vino mi ayuda para sustentar lo que estoy afirmando en palabras, no de un corbatudo ministro o ministra, sino de Eder Espitia, un sencillo cacique del resguardo Zenú, en la población de Tuchín (Córdoba), que es famosa por la producción de la caña flecha con la que se produce el renombrado sombrero “voltiao”. Leamos: “… la comunidad va camino al despeñadero cultural”. El modelo educativo “del Gobierno” y las migraciones serían los responsables. “El sistema oficial desprecia nuestra cultura y no la reconoce como poseedora de saberes importantes”. “Si nuestros jóvenes tuvieran un modelo de educación intercultural, que relacione saberes propios con los de la escuela, la situación sería diferente”, aludiendo a la situación social caótica de los jóvenes, quienes se dedican a las ventas ambulantes, al mototaxismo, a la migración a otras ciudades, al servicio doméstico, al embarazo no deseado, etc. (véase el texto completo “Pueblo pobre, pueblo mal educado”, en El Espectador del domingo 7 de abril, del presente año).
Para rematar con broche de oro, nada mejor que citar a Willianm Ospina, en el libro ya comentado, y que debiera ser lectura obligatoria para todos los docentes colombianos, si de veras queremos que haya verdadera calidad de la educación. Nótese que tanto el intelectual como el cacique, se ponen de acuerdo en el mismo tema, y allí está la clave de la verdadera educación: “La educación debería olvidarse un poco de su caudal de conocimientos listos para ser transmitidos, y detenerse más en los talentos que vienen ya incorporados en los seres que vienen a la escuela, porque es de allí de donde saldrán finalmente los grandes creadores”. Y ustedes, amables lectores, ¿qué opinan?
LIC. JAVIER ENRIQUE DORADO MEDINA
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