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lunes 21 noviembre, 2016 a las 4:41 pm

Crónicas en cautiverio – Primera Entrega

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Por Gustavo Adolfo Caicedo Muñoz / Fotografía tomada de: www-abc-com-py

Fuimos conducidos a un laboratorio de drogas abandonado, nos enterrábamos en el barro hasta las rodillas por la lluvia permanente de ese maldito lugar, el Páramo de Moras en el oriente del Cauca, territorio del sexto frente de las FARC y de la columna Jacobo Arenas.

Habíamos caminado una selva de niebla fantasmagórica, fría, fea y filosa como la llamaban los guerrilleros y milicianos, la mayoría indígenas, muchachos y muchachas rudos, silenciosos, fuertes, con morrales de campaña demasiado pesados a sus espaldas, que se suponía por la forma de caminar, lo inclinado del cuerpo hacia delante, la cabeza agachada y los ojos atentos a una insegura pisada, para no rodar por ese estrecho camino en la cresta de la montaña.

Entre ellos había un niño que llamaba la atención por lo pequeño, por lo feo, pero sonriente con una cara redonda, simpática, cabello negro desordenado que le caía sobre la frente llena de sudor, que le goteaba por la punta de la nariz en aire despreocupado y satisfacción.

Fue el único que me ofreció su mano para poder saltar a unas pierdas resbalosas al paso de una quebrada muy crecida por la lluvia persistente que no paraba en ese inhóspito y remoto lugar donde nos tenían preparado un escondrijo para ocultarnos.

Este laboratorio hacía tiempo no lo utilizaban, sin saber las causas de su abandono, estaba lleno de tinas plásticas grandes arrumadas debajo de la vegetación que delataban por su olor a productos químicos penetrantes, la finalidad de su función y la presencia de algunos hornos micro-ondas dañados, encima de algunas mesas de madera al parecer construidas allí mismo con tablas aserradas disparejas que cumplían su cometido, en la cocina que funcionaba allí, lo delataban, nunca esperé habitar un lugar así.

En ese frío y embarrado terreno habían construido un altillo con paredes y piso de tablas, cubierto con plástico negro grueso, en dos aguas, sostenido y templado por varas redondas de cuatro metros de largo y un acceso al interior por unas gradas de ocho escalones firmes y bien apoyados de madera fina y gruesa mojada por la humedad, dotado de cuatro camarotes bien construidos, con colchones de paja , sucios y unas cobijas que olían a humo rancio, que alejaban a las pulgas, ácaros, piojos, hormigas y demás alimañas residentes.

Era la primera vez después de muchos meses de caminatas forzadas y descanso en cambuches en el suelo, que nos encontrábamos en un sitio parecido a una casa, mejor a un hogar, que añorábamos intensamente, pero al contrario de proporcionarnos un descanso merecido, fue un suplicio el sonido de la lluvia permanente que arreciaba por momentos, al caer sobre el plástico, a la altura de nuestras cabezas, molesto y perturbador, día y noche por semanas y el fuerte olor de los químicos hacían insoportable permanecer más de una noche allí.

A pesar de todas las incomodidades, fue donde ocurrió un hecho que me conmovió profundamente, y que me motivó a escribir esta crónica, si la podemos llamar así.

Recostado en mi camarote sobre las tablas del espaldar, una de ellas floja, se movió y dejó ver sobre los bastidores que las sostenía, tres objetos escondidos en una bolsa plástica: una cajita de vick vaporub, un lienzo nuevo muy doblado para colar mezclas, con el cual me fabriqué una almohada, y un llavero de hierro colado en forma de carrito muy bonito de unos cinco centímetros de largo, en la capota tenía un pequeño botón, que al hundirlo, prendía las luces de sus pequeñas farolas amarillentas muy llamativas y graciosas que me entretuvieron, por algunos minutos.

A‪ la mañana siguiente desperté como siempre, abatido y esperando una taza de café o de agua de panela con hojaldres (masa de harina con agua, fritas que la guerrilla llamaba cancharina), mientras esperaba apareció por primera vez… “Mascota”… como lo llamaban sus compañeros, a hacer el turno de guardia, con un uniforme camuflado muchas tallas más grandes a su menudo cuerpecito, daba pena verlo, las mangas larguísimas remangadas hasta los codos, los bolsillos del pantalón le llegaban hasta las rodillas y el resto de la tela metida dentro de unas botas de caucho que también le quedaban grandes, un fusil casi de su tamaño, que colgaba de su pecho a través de una correa atravesada, apuntándonos inocentemente, su sonrisa permanente y sus ojos vivarachos nos miraban con picardía como diciendo … aquí estoy yo a cargo de la situación…

Estaba parado en el último escalón para conservar la distancia de 4 metros exigida como garantía de seguridad para todos y para evitar un disparo advertido y autorizado por los comandantes. Hice caso omiso de esta regla y lo llamé; inocentemente, se acercó y le di el carrito que tenía el llavero, le enseñé a prender las luces y quedó completamente extasiado, prácticamente tiró el fusil a un rincón de la habitación y de rodillas empezó a jugar con el carrito conduciéndolo por una carretera imaginaria y haciendo con la boca ruun… ruun… ruun… imitando el ruido del motor, así permaneció por largo tiempo, hasta que le llamé la atención para que hiciera la guardia, para evitarle un maltrato del comandante de escuadra que los castigaba con rigor.

No puedo decir que conocí mucho de Mascotica…, porque nuestros encuentros fueron fugaces, casi mínimos y por lo tanto tampoco puedo decir que fuimos amigos; había una pared infranqueable, un muro de juicios y resentimientos que afloraba intermitentemente por las circunstancias del cautiverio, que impedía una relación diáfana, sincera y casual, más bien me convertí en observador de esos destellos de una alma pura, infantil, sencilla, primaria, sin entender por qué estaba allí, en ese lugar equivocado, con un futuro incierto y aterrador. Qué clase de vida les había escogido el destino a estos vulnerables niños en las filas de una lucha que los sujetaba a una guerra que jamás comprenderían; pero en su carita redonda, infantil, inocente, nunca se le desdibujaba su transparente sonrisa, desde ese día… siempre me agitaba su manita desde lejos, cuando no podía acercarse, con un mensaje impreso… Soy tu amigo.

Dejé de verlo por varias semanas hasta un día, apareció a la hora del desayuno pegado de una hojaldre y una taza de agua de panela que devoraba con fruición.

Con la cara roja quemada por el sol expuesta por muchas horas en algún punto de observación al ejército, se me acercó y en un gesto de picardía me dijo silenciosamente… Estuve en combate… Me dio la espalda y se reunió con los demás guerrilleros, con un ademán de hombría y autoridad, lo miré alejarse con paso firme y determinación entre la maleza.

Todo el día pensé en el sentido de esa confesión, para él, significaba la aceptación y reconocimiento de su grupo, quizás la admiración de sus comandantes, pero definitivamente estaba orgulloso… había logrado un estatus. Para mi esa confesión no significaba un logro, un éxito, ni una meta, tristemente Mascotica se había convertido en un guerrillero más, como muchos otros niños campesinos reclutados a la fuerza.

En la soledad de mis pensamientos sentí un profundo vacío hasta el llanto, una angustia de descubrir mi verdadero yo, mi esencia, mi espíritu, mi alma. Todas las personas sometidas a un largo cautiverio dejan de identificarse demasiado con la forma, con sus pensamientos buscan angustiosamente la espiritualidad, están más conscientes y presentes en el ahora, en el día a día, más cercanos del despertar de la conciencia, del verdadero sentido de la vida, del aprendizaje a sobrevivir, del amor desaprovechado. El ego se silencia, aparece una paz real y una plenitud por momentos maravillosa. Hoy en el confort de mi vida citadina, rodeado de la gente que amo, extraño esos momentos donde era yo, donde afloraba mi presencia.

También recordaba una frase de mi madre cuando hablábamos de la adolescencia de mis hermanas, «una niña se convierte en mujer después de una pena de amor”.

Cada dos o tres meses, rotaban las escuadras de guerrilleros que hacían la vigilancia de los secuestrados, una mañana Mascotica y sus compañeros desaparecieron para siempre de mi vista, sin decir adiós, ni sentir su partida, simplemente ya no estaban en ese húmedo y maloliente lugar.

Muchos meses después regresé con mi familia, liberado de un largo, penoso, injusto y repetido cautiverio, un sacerdote maravilloso fue a pagar por segunda vez mi liberación y regresamos en un carro destartalado a la supuesta civilización; en el camino escuchaba una canción de Nicola di Bari que me gusta mucho «Los colores del arco iris» y volví a recordar al niño guerrillero que una vez conocí, en una frase de la letra que dice: «con ínfulas de chica importante porque a los quince años tuviste un amante y en esa carrera buscando el amor, dejaste a tu espalda el tiempo mejor…”

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