Una nota sobre Cristo.

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Don Miguel de Unamuno, ese gran torturado y ese gran interrogador sobre los significados de Cristo, recuerda que en alguna conversación que el sostuvo con un suramericano, él, don Miguel, había sostenido que por tener el alma de su pueblo español le gustaban los Cristos lívidos, escuálidos, acardenalados, sanguinosos. Esos Cristos llamados por alguien Cristos feroces.
Los adjetivos y la imagen de ese Cristo español señalados por don Miguel definen y prefiguran el contenido esencial que esa España oscura y angustiosa de la contrarreforma acabo imponiendo en la conciencia cultural y en la conciencia religiosa de ese mismo mundo que la España conquistadora terminó por instaurar en el nuestro, en nuestro mundo, en este mundo iberoamericano tan definitivamente moldeado a imagen y semejanza de esa España conquistadora y arrasadora.
Ese es el Cristo que nos pertenece y al cual todavía reverenciamos. Es el Cristo del dolor. Es un Cristo y un cristianismo donde se encarna y se manifiesta una estética del sufrimiento. Una cosmovisión donde el dolor y la vida son asumidos como infierno y padecimiento. Un cristo que pretendidamente predica y proclama que ese sufrir y ese padecer son la verdad y el camino para que la criatura humana alcance la reconciliación posible y futura con el supuesto hacedor del mundo y del hombre.
Ese también, es sin duda alguna, el cristo colombiano y de manera muy privilegiada es el Cristo de nuestra ciudad de Popayán. Un Cristo que niega lo vital, lo festivo, lo lúdico, en una palabra que niega lo humano. Es un Cristo que impone una visión de la vida centrada sobre la exaltación y la glorificación del sufrimiento. Un Cristo que abomina de la conversión del agua en vino y celebra con incomprendido deleite el goce masoquista del vino amargo y oscuro de la sangre. Un cristianismo que festeja el martirio y otros plurales elementos que acaban siempre asociados a los lenguajes de lo violento y lo brutal. Por eso mismo, no es gratuito que el bueno y sabio de don miguel de Unamuno tenga que recurrir al espíritu de la tauromaquia para ilustrar metafóricamente la visión del sangrante y torturado Cristo español. “El pobre toro es también una especie de Cristo irracional, una víctima propiciatoria cuya sangre nos lava de no pocos pecados de barbarie”. Extraña y oscura metáfora, ¿pues cómo puede la sangre lavar o limpiar cosa alguna?
La religión que nos impuso España se confunde, es consubstancial al proceso mismo de creación y surgimiento de nuestra propia conciencia histórica de iberoamericanos. No es una religión que se agota solo en ornamentos o rituales. No es solamente una idea o un conjunto de ideas para representarnos una visión de la divinidad o del universo. Sino que esa religión se incorpora al conjunto de aquellos elementos que vienen a configurar lo que podría denominarse nuestro inconsciente colectivo. Algo que se integra a ese estrato profundo, a veces indefinido e indefinible, que categorizamos como el alma o el espíritu de un pueblo. Nuestra religiosidad pertenece a ese ámbito de nuestro ser histórico. La religión, como el lenguaje mismo, a pesar de ese carácter inicial de imposición cultural que tuvo entre nosotros es sustancia y elemento significativo de nuestra
Confusa y problemática personalidad histórica. Es el núcleo articulador de nuestro mestizaje espiritual y cultural, si es que alguna vez y en estricta perspectiva antropológica aconteció ese fenómeno que pudiésemos nombrar como mestizaje espiritual. Pues ni la religión ni el idioma, en el que no solamente hablamos sino con el cual existimos en la historia obedecieron en nuestro caso a un auténtico proceso de sincretismo cultural. Por eso somos visceral y “orgánicamente” sociedades iberoamericanas, mucho más y profundamente que supuestas sociedades INDOAMERICANAS.Y consecuentemente al ser iberoamericanas fuimos y en buena parte continuamos siendo sociedades integradas a la ya casi agotada civilización cristiana. Aún hablamos castellano y hablamos en cristiano. No hablamos ni existimos en inglés, ni hundimos nuestra esencialidad sociológica en los ritos del protestantismo. Idioma Y RELIGIÓN han contribuido especialmente en el pasado a crear los fundamentos básicos de nuestra contradictoria legitimidad cultural y espiritual.
El Cristo que se nos impuso y que acogimos como resultado de esa imposición, fue el Cristo de España, el Cristo preñado de esas estremecedoras correspondencias entre el dolor y el sufrimientos y sin duda también de la violencia. Ese Cristo venerado o fetichizado encarna y señala nuestro precario derrotero moral y definió en el pretérito reciente los procederes éticos que podrían facilitar la improbable salvación del alma. Pero ese es un Cristo de la renunciación, un Cristo que exige, lo que en conceptos Nietzsche, sería la más radical negación de lo esencialmente humano.
Sin embargo, y esto es lo primordial, ese cristo no es un Cristo auténticamente evangélico. Es un Cristo producto de una especia de coyuntura perversa en el acontecer histórico, que permitió que en España se procediera a una especie de falsificación grotesca y política del Cristo humano y verdadero que emerge de los evangelios.
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