CORÍN TELLADO



Si usted leyó alguna vez a Corín Tellado, puede ser revelador; es decir, revelador de que usted tal vez no sabe de literatura; de que usted no es intelectual; de que se interesa por cosas vanas, por cosas superfluas, por la sola distracción y pasatiempo; nada trascendental, nada indicativo de «superioridad».
Pero el suscrito piensa que toda «cultura» no es más que una forma de prejuicio, una manera de afirmar y defender ideas que llegaron a las venas por herencia, por el medio o la costumbre circundante, por influencia, contagio y vecindad; una manera ingenua de creer que en cierto modo se tiene una verdad. ¿Y quién tiene la verdad, acaso el super-personaje que colindó su cerebro con bibliotecas «cultas», con sensibilidades sutiles, miradas «profundas», alelamientos con las más extrañas abstracciones y juegos de la intelectualidad, eso que da entrada a los cenáculos de «iniciados» y entendidos, eso que procura cierta superioridad académica y social?
Prejuicios; prejuicios nada más; cubrimientos de cierta prepotencia, que lo único que demuestran es la falta de sencilla objetividad, suspicacias en terreno cenagoso, parafernalia del supuesto «ser más».
Si usted hojeó alguna vez la popular revista Vanidades de una época, seguro allí encontró ese nombre de mujer titulando algunas páginas de sabor pasajero por su ligereza. Y quizá amas de casa se vieron entretenidas por novelas donde el pasatiempo eran escenas domésticas de amor, mucho roce romántico con los sentimientos, algún erotismo inocuo, sin escándalo sonoro, y todos los enredos que ello conlleva en el terreno de la aventura amorosa.
Pues bien, esta señora escritora española, cuyo verdadero nombre era María del Socorro Tellado López (1927-2009), fue una prolífica y exitosa productora del drama sentimental, alguien que produjo innumerables páginas de la llamada «novela rosa».
Miles la leyeron; tuvo éxito comercial, su pluma deleitó el afán de novelerías, fue una ventana abierta al esparcimiento y pasatiempo literario.
El suscrito recién viene a leerla ahora, en un texto de novela muy corta (siete páginas de revista), para constatar que Corín Tellado escribía bien, que le fluía el asunto con facilidad, y que su puesto en el medio cultural-social de la época no era una pura bobada para desocupados, sino todo un ejercicio de buena imaginación al servicio de un sano entretenimiento lectural.
RVQ



