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viernes 10 febrero, 2012 a las 1:36 pm

CONVIÉRTETE DE TU PECADO… RECIBIRÁS EL PERDÓN

Por: Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco Iglesia Stsma. Trinidad – Santander de Quilichao
“Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganara a Cristo”. Filipenses 3,8
La verdadera conversión a Dios se ha de tener como el gran acontecimiento, el gran suceso en la vida de una persona, porque a partir de ese instante se produce un nuevo sentido para toda la existencia. Dice L. Boros que “El arrepentimiento no es una virtud de los débiles, sino de los que son interiormente fuertes”. Pero tenemos que reconocer que el “ascenso” hacia Dios no es una subida en línea recta, sino un proceso en el que avanzamos y en ocasiones retrocedemos. La “subida” progresiva hacia Él, se lleva a cabo únicamente porque con su ayuda nos podemos levantar una y otra vez, de las caídas, de nuestros pecados y de tantos descuidos para con Dios y el prójimo. A veces elevamos nuestra queja: “no progreso. Siento como si estuviera al comienzo de mi camino hacia Dios”, por lo que necesitamos experimentar continuamente el amor de nuestro Creador: “Seré misericordioso con quien lo sea; me apiadaré de quien me apiade. Por tanto, no se trata de querer o de correr, sino de que Dios tenga misericordia” (Romanos 9, 15-16). Pero, ¿Qué es convertirse? convertirse es volverse de… para volverse a… salir de… para ir hacia… alejarse de… habiendo dejado atrás y dado la espalda… para dirigirse hacia… dar media vuelta y dirigirse a la dirección correcta. En la vida cristiana es más importante saber hacia dónde se va y lo que uno adquiere, que de donde sale y lo que deja. Uno no deja nada sino por algo mejor. Sólo por lo que uno alcanza, acepta dejar y salir de donde estaba. Es necesario volverse a Dios, buscar su rostro, volver a la casa paterna, para llegar a decir como Pablo: “juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo«. Filipenses 3,8. El encuentro con Jesucristo nos lleva a salir de las tinieblas a la luz, de los ídolos del mundo (placer, tener, poder) al Dios vivo y verdadero, de la perdición a la salvación, de la muerte a la vida, reconociendo que “lo que en mi vida ha sido bueno, nunca puede echarse a perder, y lo que por mi conducta ha sido malo en mi existencia, se borra radicalmente por medio del arrepentimiento” (L. Boros). Podremos ver a Dios, convertirnos, estar con él “cuando entremos en los mismos sentimientos de Cristo (Flp 2,5). La purificación del corazón se produce al seguir a Cristo, al ser uno con Él” (Joseph Ratzinger. Jesús de Nazaret). Por lo que San Pablo dice: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Descubrimos paulatinamente que “el ascenso a Dios se produce precisamente en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y, por eso, la verdadera fuerza purificadora que capacita al hombre para recibir y ver a Dios” (Joseph Ratzinger. Jesús de Nazaret). En definitiva, solo quien se arrepiente puede recuperar su dignidad de persona, por lo que hay que abandonar, alejarse, dejar, salir: de todo pecado, de todo resentimiento y de las obras de Satanás.
En primer lugar, iluminados por el Espíritu Santo, debemos reconocernos pecadores, necesitados de la salvación de Dios. Hay que confesarse pecador ante Dios y acudir al Sacramento de la Reconciliación para que, en nombre de Dios, el sacerdote nos de la absolución de nuestras culpas. Esto nos exigirá discernimiento, cambiar nuestra manera de pensar para que se transforme nuestra forma de vivir, es decir, para no volver a caer: “No sigan la corriente del mundo en que vivimos, más bien transfórmense por la renovación de la mente. Así sabrán ver cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto” Romanos 12, 2. Más aún, “es un signo de grandeza y de seguridad en sí mismo que alguien pueda admitir sus faltas y la estrechez de su visión de antaño” (Carlo M. Martini). En segundo lugar, debemos convertirnos de nuestros resentimientos: El atajo más breve hacia el perdón al prójimo, hacia la conversión de nuestros resentimientos, es la consciencia de nuestros pecados, de nuestras caídas… En las Escrituras leemos: “Perdónanos… como también nosotros perdonamos… hasta setenta veces siete”. Si no perdonamos bloqueamos el perdón de Dios para nosotros. “Éste es el mandamiento que tenemos de Él: el que ama a Dios que ame también a su hermano, porque quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” 1 Jn 4, 20-21. Se nos pide un acto de voluntad que acepta perdonar a la persona que nos ha lastimado o herido. En tercer lugar, debemos alejarnos de las obras de Satanás: es decir, los pecados que van contra el primer mandamiento, y toda forma de ocultismo, esoterismo y superstición.
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