COLOMBIA ESTUVO MUNDIAL
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Se acabó el interregno que vivió Colombia durante la celebración del Mundial sub 20 de fútbol. Finalizó con la conquista del podio de tres equipos, dos latinoamericanos y uno latino. Triunfó la alegría, el color, el juego limpio, el comportamiento jovial y familiar de los asistentes al estadio. Por 20 días el pueblo colombiano se olvidó de política, corrupción, violencia, desempleo, salud, vías en mal estado y sólo pensó en volcarse a los bellos escenarios sin vallas para desfogar su euforia tan largamente reprimida.
Ula, ula, la, la, lá, ula, la, la, lá, cantaban en coro artistas y tribunas anoche en la clausura en el estadio Nemesio Camacho “El Campín” de Bogotá. Espectáculo lleno de nacionalismo puro, con simbología muisca indígena, en homenaje a la Vida, la Naturaleza y la Alegría. Luz, danza, movimiento, fuegos artificiales fríos, música patria y artistas nacionales. Por fin, tuvimos un evento autóctono con visión internacional y con participación foránea. La preparación exquisita, con tiempo medido y cumplido, sin improvisaciones ni parroquialismos religiosos fueron las claves del éxito.
Se llenaron los estadios, se consiguieron récords, hubo emoción y olas, vivas a Colombia y las gargantas gritaron por México, Portugal, Brasil, Nigeria o Camerún. La espontaneidad de la mujer que por primera vez visitó una gradería deportiva, su gracia y belleza adornaron la fiesta del balón y sus actores. La familia entera y cogida de la mano se hizo presente para ver el espectáculo más popular del mundo. Habrá que agradecer a FIFA que haya concedido la oportunidad a los colombianos de mostrar su capacidad de organización, su aceptación de retos, su gentileza en el trato y el comportamiento civilista y respetuoso en todos los escenarios.
FIFA nos dio la pauta para remodelar estadios, para cumplir las fechas, la disciplina para empezar y terminar cada evento, para cuidar la compostura en cada sector de las tribunas y hasta para ubicar recogebolas y paramédicos junto a la cancha. Obligó y creyó en que Colombia era capaz de asistir a un evento sin muros de Berlín ni vallas. Demostró que para llenar estadios no hay necesidad de barras bravas que viven e insulten a los equipos. Sólo el buen fútbol, la fiesta del balón liviano, el césped recortado, las sillas numeradas, la seguridad policial, el fair play hacen el milagro de atraer al público a los estadios.
Bendito fútbol, bendita fiesta del gol que nos hace ir a comprar una boleta, soñar con aplaudir a nuestro favorito y salir roncos del estadio y llegar con el alma alegre a nuestra casa. Bendita compañía de gente barbada, de niños con su carita pintada, de novios y esposos que se arriman a nuestro lado, de tanta vuvuzela que pita sin sordina a cada rato.
Del Mundial de Fútbol sub 20 queda una excelente página de nuestra historia. Alejada de las tristezas políticas, de TLC, de inequidades, de pobreza y limitaciones de las libertades. Llena de esperanzas, de certeza de nuestra capacidad de sanar heridas, de darnos la mano, de sentarnos a reír con vestido ordinario, sin tacones y con solo el adorno de nuestra sinceridad.
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