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Domingo, 4 de octubre de 2026
domingo 19 mayo, 2013 a las 8:18 pm

Ciudades ideales

Carlos E Cañar Sarria
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
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Nada será tan placentero que disfrutar de una ciudad segura. Donde se pueda transitar tranquilo, sin zozobra y sin sobresaltos. Donde la paz, la armonía, el uso del espacio público, el disfrute de los parques, de las zonas verdes, de los sitios para caminar sean parte de la cotidianidad citadina. Encontrarse o reencontrarse con personas conocidas y poder dedicar unos momentos para conversar, o simplemente para saludar. Donde el ruido estridente se presente poco y en donde las personas no tengan miedo de ser atracadas y asaltadas. Donde las autoridades se sientan y que su presencia garantice tranquilidad.

Disfrutar de un aire con escasa contaminación, de la limpieza y el aseo de sus calles y avenidas. De contar con sitios para tertuliar y encontrar parqueaderos donde dejar los vehículos mientras se tramitan gestiones en bancos o en dependencias públicas o bien en actividades comerciales. Sentir que existe calor humano entre los habitantes y que reine la alegría y la solidaridad.

Ciudades donde se escuchen  las inquietudes, las necesidades, los imaginarios de los moradores. Ciudades que les caracterice la proximidad entre gobernantes y gobernados. Que cuenten con políticas públicas para el fomento del empleo, pero también para el disfrute sano de la recreación y el ocio.

Ciudades que no parezcan bombardeadas por los efectos de la guerra, es decir, bien pavimentadas y sin tantos huecos que deterioran su estética y ponen en peligro la integridad de las personas y el estado de los vehículos. Donde la gente cancele cumplidamente sus impuestos pero que a la vez se sientan complacidas con inversiones que les signifiquen mejorar sus condiciones de vida.

Ciudades donde no se privatice el espacio que debiera de ser público. Ciudades que no les caracterice a las autoridades privilegios a la hora de cumplir las legislaciones. Donde haya orden y no anarquía y en donde se respire con tranquilidad. La seguridad por encima de todo que haga amañar a propios y extraños y no el sitio desde donde todos quisiéramos salir corriendo. Ciudades al garete mortifican la vida cotidiana, al tiempo que deslegitiman a las autoridades.

Ciudades donde el tedio, la tristeza, el desgano, la soledad y el desencanto sean la excepción y no la regla. Ciudades bien iluminadas para que las personas puedan transitar las calles de manera segura y tranquila. Con una cultura política de amor por la ciudad; que se vea por todo lado el sentido de pertenencia. Donde se pueda contribuir notablemente en la construcción de ciudadanía, algo esencial en ciudades modernas y democráticas. Donde los ciudadanos no se midan sólo en momentos del ejercicio del voto sino en la participación activa y consciente en compromisos colectivos para hacer de las ciudades, lo que concebían los griegos en la antigüedad: la ciudad entendida como la casa del hombre. Y quién no quiere vivir feliz en su casa, rodeado de gente amable y solidaria, trabajando o dándose un descanso merecido. Donde haya refugio y no zozobra. El sitio en que el calor humano y la solidaridad hagan olvidar las vicisitudes de la existencia.

Una ciudad feliz está conformada por hombres felices. A los gobiernos les corresponde velar por la seguridad y por la tranquilidad de las personas; si esto no se cumple, pierden su razón de ser. Los gobernados aspiran ser protegidos y si ello no se siente será un desperdicio el paso de los gobernantes por el poder. Los buenos gobiernos se la juegan toda por la tranquilidad y felicidad de las personas que dicen representar. De lo contario, estamos perdidos.