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Sábado, 3 de octubre de 2026
jueves 16 mayo, 2013 a las 8:00 pm

Cincuenta millones

Gloria Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas

A las múltiples carencias en insumos de primera necesidad, los venezolanos agregan ahora el desabastecimiento de papel sanitario. Para paliar su desaparición, Alejandro Fleming, Ministro de Comercio, asegura que “la revolución traerá al país el equivalente a cincuenta millones de rollos de papel higiénico para que nuestro pueblo comprenda que no debe dejarse manipular por la campaña mediática de que hay escasez”.

El deterioro en la calidad de vida del venezolano, es evidente. El gobierno responde a la diaria avalancha de protestas, con la arrogancia que lo caracteriza. Enumerar las carencias, abusos, arbitrariedades, incoherencias y desajustes que revientan la humanidad de los nacidos en el país con las reservas de petróleo más grandes del mundo, es una tarea ímproba. Para saber y sobre todo entender lo que sucede en este lado del mundo, es necesario vivirlo en carne propia. Es tan insólito, doloroso e incomprensible, que la palabra se queda corta a la hora de aventurarse en estos laberintos de impenetrable oscuridad.

Desde que Venezuela saltó de territorio insignificante a potencia petrolera mundial, con escasos relámpagos de lucidez esgrimidos entre otros por Rómulo Betancourt, autor de “Venezuela y petróleo”, obra que debería ser de estudio obligado en colegios y universidades, sus gobernantes se dedicaron a explotar el oro negro como si fuera una cría de ganado o una siembra de café. La “Venezuela saudita” del primer período presidencial de Carlos Andrés Pérez, descrita proféticamente por Alfredo Tarre Murzi y atisbada por Arturo Uslar Pietri, nunca estuvo a la altura de las expectativas creadas por el mar de riqueza que fluía bajo sus pies. Eso es cierto y culpables son las gorras militares y los trajes de impecable corte que por más de cincuenta años entraron y salieron de Miraflores. Pero lo que sucede desde 1999, con Chávez al timón y el barril de petróleo cotizado a un precio jamás visto, deja atónito hasta al más desprevenido. De un solo golpe, el país retrocedió años luz. Una horda ávida cayó sobre todo lo apetecible. Presa de un encantamiento casi místico por la zorruna personalidad de Fidel Castro, Chávez irrumpió en Venezuela con un modelo económico fracasado por inviable. Profanó la soberanía nacional entregándole dinero a manos llenas y ubicando en puestos solo accesibles a los venezolanos por sus comprometedoras implicaciones geo estratégicas, a una cáfila extranjera que hoy se desplaza, ordena y decide como potencia invasora en territorio ocupado. Nicolás Maduro -que ni siquiera se ocupa en sus intervenciones públicas de cubrir el Rolex de oro que brilla en su muñeca- no es más que un alumno aventajado de Hugo Chávez y como él, un títere de la dictadura cubana. Su anuncio de sacar a la calle el ejército con la finalidad de “proteger al pueblo del hampa desatada”, a más de inconstitucional, es una manera de conjurar, de ser necesario a sangre y fuego, el grave estallido social que se perfila. Es el terror que sacude a la sociedad venezolana sin distingo de clases, el aullido del estómago vacío, la impotencia ante el total desabastecimiento de medicamentos imprescindibles en el caso de enfermedades terminales, las más de dieciséis horas sin luz, el desconcierto, la tristeza absoluta. Amenazante e impredecible lo que se siente y avizora hoy en Venezuela.