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Viernes, 2 de octubre de 2026

Cinco de junio

federico garcia lorca

federico garcia lorca

Gloria Cepeda Vargas

Gloria Cepeda VargasEl miércoles cinco de junio del 2013 se cumplieron ciento quince años del nacimiento de Federico García Lorca, una de las primeras víctimas que cobró la guerra civil española. Ni siquiera Ian Gibson, quizá su investigador más acucioso, puede decir con justeza dónde lo fusilaron. Se menciona al respecto el nombre del barranco de Viznar en las cercanías de Fuente Grande pero hasta ahora sus restos no han sido encontrados a pesar de las numerosas excavaciones realizadas en el sitio y sus adyacencias. Fue tan ingente la carnicería que tiñó de sangre ese lugar, tantos los hombres y mujeres inmolados de la madrugada a la noche en una orgía de terror y desenfreno, ligado esto a reticencias familiares, que el mundo ignora dónde duerme el poeta más influyente y popular de la literatura española del siglo XX. Como probables causas de su fusilamiento se señalan su homosexualidad y evidente relación con el Frente Popular. Pero ésas son especulaciones surgidas del caos que desató la guerra y del silencio de treinta y seis años impuesto férreamente en España por la dictadura de Francisco Franco.

La lírica de habla castellana fue certeramente mutilada en la madrugada del 18 de agosto de 1936, fecha de su fusilamiento. Genio de la transmutación poética, en la alquimia del Romancero transformó a los gitanos en mitos literarios, como lo haría después con los negros de “Poeta en Nueva York”, volumen de corte surrealista escrito entre 1929 y 1930. El Poema del Cante Jondo marca el inicio de su plenitud. Lejos quedan los balbuceos primerizos del “Libro de Poemas” y de “Impresiones y Paisajes”. En 1940 La poesía arábigo-andalusí lo reclama en las extenuaciones orientales del “Diván del Tamarit”; se adelgaza hasta romperse en las cuatro estancias del “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” donde alude al torero sevillano cantando su elegancia “con palabras que gimen”, para cerrar la puerta con “Seis poemas gallegos” y los crípticos “Sonetos del amor oscuro”.

Queda mucho por decir de este escucha universal. De su teatro de rasgos líricos, míticos y simbólicos, de su plural y al mismo tiempo única vestidura, de su indefensión casi infantil y su terrible voracidad erótica. En “Mi último suspiro”, Luis Buñuel describe así su magnética luz: “Cuando estaba presente, no hacía frío ni hacía calor, hacía Federico”.