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Domingo, 4 de octubre de 2026

CIERRE DE UNA PÁGINA

rio
Bulevar de los días
Por: Leopoldo de Quevedo y Monroy.

rio

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
Frag. Jorge Manrique. Coplas por la muerte de su padre.

Se está cerrando un año más en este globo que una vez fue niño, gordo y juguetón. Hoy se nos está yendo con paso lento. Las campanas en las iglesias suenan anunciando que otro nuevo viene ya.

Es el símbolo de nuestras vidas. Alejamiento, acercamiento, va y ven. Tristeza, alegría, aburrimiento y festejo, amarga lejanía y dulce regreso. Ya lo decía Heráclito de un modo filosófico que suena a poético. Todo llega como el río… ya ve venir las aguas y las vuelve a mirar y ya no es el mismo río.

Sí, que duele, duele. Pasa un año de éxitos, abrazos, miradas de amor, encuentro con amigos, estrechón de cuerpos y risotadas. Mas también hubo campo para la lejanía, el duelo, las lágrimas, unas sombras de muerte, miradas de desdén. Es la vida, dice uno. Y no puede negarlo.

Cerrar la página es triste cuando uno ha leído un libro de Manguel o del Dante o de Gabriela Mistral. Cerrar un año con sabor a acíbar también lo debe a uno alegrar. ¿Qué libro volveremos a encontrar que nos haga hervir la sangre, que llene de emoción los poros y nos haga levantar de la silla?

Cerrar la página de este año puede ser alegre si nos dejó una estela de ilusiones y perspectivas de triunfo y de amor. O, cerrarla y volver la mirada atrás y sentir en el paladar un sabor ácido o injusto puede ser el comienzo de una esperanza nueva. Para todos este cierre tiene un significado.

Se va un año. Distinto para un niño que empieza la vida, un joven lleno de euforia, un profesional que trabaja a gusto o un anciano sin familia. La vida se muestra de manera distinta para cada uno de quienes habitamos este planeta.

Se pinta en el rostro un tinte de saudade. Qué palabra más extraña y fina para retratar todo un panal de tristeza y melancolía. No hay lágrimas ni confusión. Solo hay un sentimiento de vacío, de no tranquilidad. Ni siquiera es un cosquilleo de cunda en la mente o en el corazón. Es un desasosiego que invade los sentidos. No sabe uno qué pensar, si moverse o quedarse quieto o salir corriendo, meditando.

Es la sensación del cierre de una puerta que ya no se abrirá. Se abrirá otra y aún no aparecerá la cara. Un año es largo y nadie sabe cómo será su cuerpo. Si tendrá los cabellos largos o los ojos claros o los labios pálidos. Si será placentera su compañía o nos esperará con sorpresas impensadas. Ah… un año es parte del destino. Lo sé ahora. Nadie sabe cómo será, lo mismo que la hora y el modo de la muerte.

Por eso el último paso del año a nuestro lado es desde un escalón falso. Nadie sabe cómo será el piso sobre el que caminará el día de mañana. ¿Será esto un augurio de incertidumbre o una esperanza que todo cambiará y la vida será mejor y llegará la paz de los espíritus?

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