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Lunes, 5 de octubre de 2026

Charlatanes y engatusados

Charlatanes y engatusados

Charlatanes y engatusados

Hay algo de charlatán en todo aquel que triunfa sea en la materia que sea.
Emile Ciorán.

LIZANDRO PENAGOS CORTES

El nombre que más aparece en el libro Charlatanes (Debate, 2026), de los venezolanos Moisés Naím y Quico Toro, donde analizan la historia de 24 charlatanes contemporáneos con enorme éxito, es Donald Trump. Lo que no debería sorprender a nadie, por supuesto, pues el texto explica por qué ha ocurrido a lo largo de la historia que la gente les crea, los siga y los haga millonarios; y por qué millones de personas de todos los niveles siguen cayendo en la verborrea de estafadores, farsantes y embaucadores que manipulan a los medios, a los mercados y a las masas. Dicho de otra forma: ¡por qué se acabará primero la aguamasa que los marranos!

La historia de Marco Bragadino, Mamugná, funge como leitmotiv introductorio del texto y se refiere como un punto de partida de los grandes timadores modernos y sus estrategias. El bellaco fungía como alquimista, sus víctimas creían que podía convertir cualquier metal en oro. Él, obviamente, sabía que eso no era posible, como sabe el brujo que no puede hacer llover o el adivino qué pasará el 31 de diciembre de 2126 a las doce menos diez en la tumba de quien está leyendo. No le faltaban ofertas, pero él con calculada cautela sabía cómo sostener su engaño con base en los sueños y ansías de poder de los líderes de una Venecia en decadencia.

Conocía muy bien a sus víctimas y más que persuadirlas o convencerlas, les seguía el juego para fortalecer sus convicciones, se valía de aquello que deseaban con una fuerza oculta o que no despertaban ni ponían en evidencia por uno de los más viejos temores de la humanidad (antes de que aparecieran las redes sociales): ¡el qué dirán! Entonces aquello que anhelaban, el farsante lo ratificaba a través de su verbo envolvente y su ostentoso modo de vida. Si lo que querían era riqueza, él se las ofrecía y les mostraba cómo era vivir rico. ¡Sabroso! No tuvo que convencerlos de nada. Querían creer, así que se convencieron ellos solos. Eso hizo Hitler, Stalin, Mussolini, Franco… Eso hace Trump, Putin, Xi Jinping… Eso hacen todos. Si usted no sabe quién es el último: ¡positivo para mártir!

Reitero. Las víctimas de un timador acaban participando con entusiasmo de su propia explotación, porque su creencia entra a ser reforzada por éste, no cuestionada sino multiplicada a través del enrede; pues nada que se le parezca más al orgasmo (para el receptor) que decirle al alguien lo que quiere escuchar. Y nada más patético que saber que te lo están diciendo para persuadirte o tranquilizarte. Las técnicas del charlatán no han cambiado, ha cambiado el contexto, se ha transformado por completo. La tecnología facilitó la micro fragmentación en función de lo que cada individuo aislado sueña, quiere o necesita; por eso es posible que grupos más amplios puedan ser engatusados a través de medios más amplios y eficaces.

A mí me late —y que me disculpen los autores—, que la cuestión estriba en las cuatro habilidades lingüísticas básicas que por lo regular no desarrollamos a cabalidad: escuchar, hablar, leer y escribir; que en estricto orden vamos adquiriendo y deberíamos mejorar, pero no lo hacemos. No sabemos escuchar, incluso no se enseña a escuchar; oímos sin escuchar, miramos sin ver; más que hablar parloteamos, repetimos como loros, copiamos y pegamos, somos de pensamiento rápido y no lento; no se estudia la escucha, aunque sí el habla: retórica, oratoria, teoría del discurso, etc. Leer lo que se dice leer, está comprobado que, en voz alta se hace con muchísimas deficiencias y mentalmente muy poco, aunque mantenemos esclavos de la pantalla de un celular y dizque leemos permanentemente; y en cuanto a escribir, lo hacemos con serias deficiencias. Al respecto de las dos últimas habilidades, la mayoría se encuentra dentro de lo que se ha denominado analfabetismo técnico, es decir, en teoría, sabemos leer y escribir, pero cuesta leer de corrido, entender lo que se leyó y escribir con estructura y coherencia una carta básica en la que se requiera expresar una idea sencilla al amor de la vida o a la junta de acción comunal.

Y así, los charlatanes la tienen muy fácil. Las personas que caen en las garras de un charlatán tienen tres características básicas: son muy necesitadas, muy inseguras o muy ignorantes. ¡Y ojo que ignorantes somos todos! En términos generales padecen alguna ausencia. Todas las personas tenemos necesidades distintas, claro, nadie escapa de ellas; pero no todas tienen ese filtro llamado pensamiento crítico. Para un charlatán el sueño de una persona es la vulnerabilidad que suelen explotar y de la que terminan por lucrarse o beneficiarse. Hacerse rico de golpe y recuperar la salud, son sueños recurrentes de esta especie avara, vanidosa y temerosa de la muerte.

De modo que casi todo charlatán traza un plan infalible: vende soluciones milagrosas —por lo regular rentables y de bajo riesgo—, y quien finalmente se enriquece muy rápido es él y no a quien ‘de manera desinteresada ayudó’ y terminó tumbado. No importa si es la gitana de la feria, el brujo de la red, el yerbatero de la plaza de mercado, el mercachifle del centro, el analista político, el tigre De la Espriella o David Murcia y su gran familia DMG. A veces ganan, es cierto, pero a costillas de otros, lo que a la humanidad le tiene sin cuidado. Sálvese quien pueda es otro imperativo de la especie que tiene anclada toda su estructura mental en cinco pilares inquebrantables: salud, dinero, amor, seguridad y compañía.

De ahí que lo difícil no es detectar a quienes quieren embaucar a otras personas, sino a quienes quieren embaucarnos a nosotros mismos. Porque cualquier sueño —por difícil que parezca— puede ser aprovechado por un embaucador y hace vulnerables a las personas. Es más, léase el libro, puede haber ocurrido que esté tan convencida la víctima del estafador, que esté ayudando a conseguir más víctimas.


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