Cartas de Jamaica de los Quilichaos.
“Que tu tiempo sea un domingo enamorado”
Tres de la tarde y tal
Al parque central llegan todos a despistar la rutina del domingo. Vienen de los barrios periféricos. A pie, cansados, sudorosos. Con los niños cargados al hombro. Por fin encuentran una banca de cemento, sin sombra. Caliente porque han cortado los árboles. Tratan de reposar y se miran desconsolados con otros paseantes, como si hubieran llegado al desierto, y no al oasis que soñaron en sus casas.
Aquí hay una estatua de bronce, cagada por las palomas. Algunos historiadores vecinos del parque aseguran, que el tipo fue una mala pinta que traicionó al Libertador Simón Bolívar y que fue el primero en vendernos al imperio gringo, y que sus seguidores piensan quedarse en el poder por mucho tiempo; que las palomas tienen razón en cagárselo.
De pronto aparecen unos predicadores encorbatados. Visten de gris y los acompañan unas mujeres de faldas largas y rostros tristes. Sin preguntar nada y sin ninguna compasión por los paseantes, empiezan a lanzar las predicciones del barbudo Jehová, que tiene pailas de aceite hirviendo y otra serie de tormentos, para el que no lo siga. Berrean duro y largo para que los infieles se conviertan.
_ Nooo. Qué mamera – Dice una pelada bonita como de quince años, que suda a chorros por el sopor del cemento, mientras sostiene un niño en los brazos.
_Se viene uno de la casa con este sol tan berraco, que pa’ cambiar la película, porque aquí en este pueblo no hay donde recrearse y se encuentra uno con estos señores echándole cantaleta como si uno fuera de lo peor del planeta.
_No joda hombre. Pa’ eso me hubiera quedado en la casa escuchándole la cháchara a mi suegra, que dizque también quiere salvarme.
Algunos la miran con ojos de censura y se santiguan. Otros aprueban su protesta en silencio. Y el predicador aprovecha para reforzar su discurso diciendo que, “a Satanás no le gusta escuchar la Palabra de Dios”.
Cuando avanza la tarde y el sol baja, cambia un poco el karma y trata de refrescarse el ambiente con una brisa que baja del cerro Munchique. A lo mejor es un indicio de lluvia, pero la gente se anima.
Los predicadores se maman de no encontrar señales de arrepentimiento entre este publico, que aunque la situación sea muy trinca, la mayoría son padres jóvenes que tienen todavía el guayabo vivo de ayer sábado. Y en lugar del carreto mesiánico, en sus oídos todavía resuenan las canciones de Luisito Muñoz: “Soy un Príncipe a mi modo me fascinan las mujeres”…
Ahora los niños arman una pataleta. Casi todos quieren subirse al carrito de la chiva o al willys; otros piden un helado y los demás quieren ir al baño a orinar. Entonces a los padres les toca comprar algo en un negocio vecino para poder tener derecho al servicio.
Cuando regresan las bancas están copadas y casi no hay por donde transitar. Se ha instalado una pequeña feria del rebusque, con muchas ofertas. Hasta han llegado unos “jipis” que venden artesanías y collares. Uno saca una guitarra y empieza a ponerle sabor a la rutina, interpretando una canción de Carlitos Santana.
En otro lado alguien vende libros usados, y no faltará quien quiera leer la mano y tirar las cartas por algunas monedas. También hay un pelado que pinta retratos al carboncillo y caricaturas. Mientras tanto, los fotógrafos lidian con la llama, que trajeron del Perú y tratan de ponerle un sombrero mejicano a un bebé, que no quiere subirse al improvisado caballito de Los Andes.
De pronto un sonido de tambores y chilindrines se impone sobre los demás: llegan unos calvos de túnicas azafranadas, con unas jóvenes vestidas al estilo hindú: lucen felices. Parecen estar en un trance que involucra el canto la mente y el cuerpo en una sola alabanza al Señor Krishna.
Estos también predican, pero ya ha avanzado la tarde y la gente está con otra nota; además reparten (gratis) unos bocadillos de prashada, muy ricos. Los degustadores frecuentes quieren encargarles unos para el próximo domingo.
Seis de la tarde y tal: empieza a caer una llovizna suave. La gente carga los niños y regresa a casa. Por el camino a alguno le asalta la idea de hacer un parque en su barrio. Comenta que para evitar embuchados, sería con la estatua del indio Quilichao. Otro con pinta de filósofo le contesta que es mejor no levantar estatuas, porque de pronto se le caen a uno encima.
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