Carta para renovar la fe en Esperanza


Alguna vez me decías, Esperanza, que los vencedores, para justificar sus depredaciones, cuando usan el poder de manera indigna para alcanzar sus propósitos, y ésta ha sido la historia de Colombia, se ven en la necesidad de inventar fábulas para proteger sus intereses.
Incluso, Esperanza, ponen en duda la esperanza, consideran que los cambios, no importa cuáles sean, son ilusorios, y no merecen crédito alguno, aún tratándose de parar las acciones violentas de la muerte mediante un ejercicio de conciliación y paz.
En el fondo, la alta dosis de pesimismo y la postración en torno a la esperanza de encontrar por la vía de los conversatorios la solución al problema de matarnos no depende de los desesperanzados, ni de los anacoberos como Daniel Santos, cuando interpretaba en los bares y cantinas de Medellín y Cali y Puerto Rico, (colonia norteamericana), “Esperanza inútil”.
¿Recuerdas la canción? Lo dudo mucho, por eso la traigo a la memoria para intentar explicarte cómo obra la justicia de los vencedores:
“Esperanza inútil/ Flor de desconsuelo/ Por qué me persigues/ en mi soledad. Por qué no me dejas/ ahogar mis anhelos/ en la amarga copa de la realidad/. Por qué no me matas/ con un desengaño/ por qué no me hieres/ con un desamor/. Esperanza inútil/ si ves que me engaño/ por qué no te mueres/ por qué no te mueres/ en mi corazón/. Esperanza inútil/ flor de desconsuelo/ por qué no te mueres/ en mi corazón”.
Sobra advertirte que Daniel Doroteo de los Santos Betancourt, santista del bolero y la guaracha, no fue protagonista de la desilusión y sólo estaba plasmando la forma de pensar de un momento histórico que no ha sido superado y te explico por qué.
Quien vence, Esperanza, monta, así mismo, mediante todos los artilugios del poder, la desesperanza, como lo hace con la literatura, el derecho, las costumbres y los dispositivos culturales a su disposición. Usa nuevas formas de credibilidad y de control social para no acudir únicamente a la coerción y la violencia.
Por esa simple y comprobable reflexión la justicia de quien está o de quienes están en el poder tiene que ser conservadora, y no me refiero a los conservadores de Popayán y de Colombia, sino a todo entramado del poder, porque para conservadores y eficaces custodios del orden social injusto, los liberales de Colombia.
Y cuando hablo de los vencedores, y no me refiero a los vencedores de hoy, sino a las castas que desde la Colonia controlan el poder, necesitan engendrar nuevas formas de pensar que expulsen cualquier forma de creer en pensamientos disidentes y desalojen los conceptos de justicia que no sean los suyos.
Si la esperanza es una ilusión de cambio de las sociedades avasalladas por la guerra, allí crece la idea de la paz como victoria, derrota o reconciliación, que justifica la defensa de la vida y el diálogo entre los verdugos y las víctimas para suspender la muerte en defensa de la convivencia y la paz; recuerda que Churchill, Roosevelt y Stalin se sentaron a dialogar en función de la reconstrucción de la paz mundial y la derrota del fascismo.
Y, precisamente, Esperanza, en tu carta dices: “Mateo, vos en cuál invasión es que vivís, acaso no te enterás que esa joda de justicia social se volvió retaila que sólo la repiten como matraca de procesión del viernes santo cuando hay elecciones. Puacá los abajo no creen en los de arriba y los de arriba no se creen ni entre ellos mismos”.
Es allí hacia donde vamos, Esperanza, hay que superar lo que la filosofía de Daniel Santos llamó “Esperanza inútil”, porque nos han enseñado en nuestro medio, por ejemplo, a pensar en “blanco y negro”, que es una caracterización negativa del poder hecha por los dueños de la historia, para dar paso a una visión distinta de la sociedad y del mundo.
La existencia de la duda en los momentos de los diálogos, como ocurrió cuando el Libertador Simón Bolívar y Pablo Morillo se reunieron, después de un estrecho abrazo, para terminar las atrocidades de la “guerra a muerte”, hace parte de todo procesos de paz.
Lo único, Esperanza, es que la humanidad ha vivido y vivirá contigo, se nutre de verdades accesibles que sirven para ampliar y alcanzar horizontes mediante el mito de la justicia; quimeras como la del Niño Dios, para reivindicar la Navidad; la invención del Año Nuevo; la fraternidad; la paz y la igualdad; pues a la larga la vida individual o colectiva sin ilusiones y sin utopías es irrespirable, mortalmente asfixiante y necesita, al decir de Cioran, un delirio constantemente renovado que conduzca a los seres humanos a la paz y el equilibrio. Hasta pronto.



