CAPULLO DE FLORES PARA UN MORTAL



The pedigree of honey
does not concern the bee…
El pedigrí de la miel
no le interesa a la abeja…
Emily Dickinson
Las divisé mientras tomaba fotografías a cuanta flor había en la casa de descanso de una familia amiga. Estaban jugando a colgarse de sus brazos entre otras plantas y arbustos que las acompañan a diario. Lucían frescas, coloreadas, vestidas como caperucitas rosadas. A su lado colgaban también sus hermanas. Mostraban sus ropajes interiores algo desordenados. Sin embargo, no deslucían el instante. Pudo ser que un picaflor o unas abejas abrieron la puerta de su interior y se llevaron su néctar.
Andar entre flores es placer de abejas, de tominejos y poetas. Emily Dickinson tenía junto a su homestead un jardín en que plantaba solo lirios. Salía por la ventana de su cuarto en el segundo piso a contemplarlos y a aspirar el olor que fluía de sus pétalos. El cuidado de los lirios y percibir el zumbido de las abejas fueron unas de sus preferidas ocupaciones. Me hizo recordar el tierno soneto de Álvarez Henao que escuché de boca de mi padre.
En este jardín hay pensamientos morados que incitan a la meditación y recato. Hay rosales de diferentes formas y de colores blanco, rojo o combinado, begonias rosadas de pétalos como de terciopelo suaves a la vista y al tacto, novios que no andan de la mano sino que permanecen sonrosados para que alguien los tome y acaricie.
La especialidad de sus dueños son las orquídeas. Andan, como sus cuatro perros, por todas partes. Aquí, a este lado hay blancas con puntos rojos, colgada en un matera una multicolor, otras diminutas, y otras, de forma caprichosa como una cuna de bebé.
Cuando subo a la montaña, me entretengo tomándoles fotos y admirándolas. Nunca me he atrevido a cortar una para lucirla sobre la mesa. Allá están bien, comen sano, tienen aire y las visitan colibríes, abejas y pajaritos inocentes. Nada las inquieta. Las besa la mañana y se acuestan cuando el sol deja de brotar sus rayos de luz en los que nadan todo el día.
Este conjunto de campanillas coloreadas, como las llama Wikipedia, llamaron mi atención por la forma de unas campanas rojas con sus badajos minúsculos que aún no salen de su capa redondeada. La brisa las arrullará y ellas se contonearán a lado y lado y tocarán una melodía que el viento llevará por la campiña. Sonarán en la torre de su arbusto por unos pocos días porque la vida de estos instrumentos de carne florecida es delicada y tocan su canción, por una sola vez, a los afortunados que se acercan a ellas cuando su barriguita está hinchada en la madurez.
Qué largueza de la Naturaleza producir de su seno tanta variedad de flores. Nadie se puede quejar porque hay para todos los ojos y gustos. Orquídeas de miniatura como una abeja, espigadas como la exótica ave del paraíso o la imponente bromelia con su corona de puntitos púrpura y blancos.
A este planeta le hacen falta muchas flores para que los mortales que vivimos en él bajemos los ojos para deleitarnos y alejar la mente de preocupaciones y falsas ilusiones.



