Bulevar de los días

EL PETO BOGOTANO VAGA ENTRE PECHO Y ESPALDA
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano
Mis padres eran maestros de escuela, pero parecían gitanos. Eran como los policías de pueblo que casi cada año los cambiaba el gobierno de municipio en municipio.
Me tocó nacer en Guachetá, un pueblito parapetado sobre el pico de un cerro. Por allí cruzaron muertos de frío los Comuneros hacia Zipaquirá y me dejaron la herencia de discrepar y luchar por la gente de ruana. Antes mis padres habían estado en Bituima, y después en Cucunubá, en la estación de La Esperanza en La Mesa y luego en Pacho. Después en Susa, en Choachí, en Zipaquirá encima de las salinas, y por fin aterricé en Bosa, en donde entré al seminario claretiano.
De vez en cuando mis papás, como se decía entonces, me hacían el regalo de llevarme a Chapinero en Bogotá a donde mi tía más adorada, Otilia. Allí vivía ella soltera con mis abuelitos Juan Jacobo y Adelina, de antiparras y redecilla sobre su cabello gris y algo ensortijado. Mi papá abuelito me consentía con unos chocolaticos que él mismo preparaba. Él era de Soatá o Málaga y de vez en cuando le traían dátiles de sabor a viento de desierto sobre camello y me enseñó a saborearlos como delicado y exótico manjar.
Por esos años tomé, en vaso de vidrio en un mercado de plaza, una bebida parecida a una sopita chirle de color amarillento que llamaban mazamorra de dulce, hecha con agua, harina y panela hervidas. La vendían en las plazas de mercado o en las tiendas donde había también colaciones. Era el peto bogotano. Era una bebida caliente para aliviar la sed en la sabana, preferida por los cachacos porque se parecía a la chicha de maíz de sus ancestros.
Como dije antes, era como una sopa, que mi mamá preparaba con harina y al hervirla tomaba una apariencia espesa. Pero era dulce. A veces le echábamos queso y sabía a mamá y papá. El peto era más o menos lo mismo pero con granos enteros de maíz pelao o trillado que al cocerse se floreaba y dejaba toda su esencia en la bebida.
No era lo mismo que el claro antioqueño. Este es blanco, como quien lava allí el maíz pelao. Es distinto. Se toma él con trocitos de panela que se van masticando o mientras se mordisquea un bocadillo veleño. Pero no es lo mismo. El peto es cundinamarqués y se encuentra o se encontraba a lo largo de las carreteras en Chía, Tabio, Sopó, Chocontá, hasta llegar a Tunja y Chiquinquirá junto a las almojábanas, queso, mazato y dulce de guayaba o arequipe. Al peto le daban más sabor las marchantas en las plazas que lo hervían con canela y clavos. Aún la lengua se me pone acuosa y se alborota cuando esto escribo.
Al empezar a leer ahora el libro ¿Profesor? de Fabián Sanabria, veo que comenta que de vez en cuando entraba al antiguo almacén Tía de Bogotá, por la Séptima con 22, a almorzar con sus padres con peto y que lo hacía “de buena gana”. Me ha hecho volver mi cara con unas pocas arrugas, a los años de mocedad para recordar esta bebida típica que nos legaron nuestros tatarabuelos chibchas y que tomaban en calabazo o cuenco de barro.




