Auscultando las universidades
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
Es importante auscultar en el interior de las universidades colombianas, cuáles son sus límites y alcances en cuanto a las expectativas de contribuir notablemente en el desarrollo conjunto de la sociedad. Hay que comenzar por analizar el grado de pertinencia de los diferentes programas ante las demandas y necesidades del país. Porque no se puede desconocer que no pocos programas académicos deben detenerse, al menos por algún tiempo, para evitar la saturación de profesionales que ven truncados sus esfuerzos en el momento de su desempeño laboral; precisamente porque no hay en dónde ubicarlos. Son ejércitos de profesionales desocupados los que abundan en este país sin oportunidades; situación injusta dentro de la lucha por el reconocimiento del ser humano. Se siguen proliferando programas que al final terminan inoficiosos. Es cierto que una de las patologías más graves de nuestra insipiente democracia, es la falta de opciones laborales y que conseguir empleo en general, es uno de los dolores de cabeza que padecen las personas desocupadas. Pero esto no excusa a las universidades para actuar con tino y sentido de previsión en su tarea de darle continuidad o no a los programas implementados o de iniciar unos nuevos. La proyección social de las universidades radica en el impacto que en el ejercicio de las profesiones se genere en la sociedad. No se trata de otorgar títulos a diestra y siniestra sino que los profesionales resulten útiles al país.
La pertinencia de los programas académicos con las regiones y localidades debe ser el resultado del minucioso análisis entre las universidades, las autoridades gubernamentales, la denominada sociedad civil y el sector empresarial. Una universidad moderna no puede actuar a espaldas o al margen de estos importantes actores sociales. Cuando observamos el grado de subdesarrollo de algunas regiones, cuestionamos el papel de las universidades. Departamentos consuetudinariamente posicionados en los últimos niveles de desarrollo humano, no sólo cuestiona a la dirigencias políticas regionales, a los sectores empresariales sino también a sus universidades.
Algunos pensarán -con razón- que las universidades tienen el compromiso de preparar académicamente a las personas, pero no es su obligación, garantizarles empleo a sus egresados. Sin embargo pensamos que si existe pertinencia de los programas e interacción con las autoridades gubernamentales y el sector empresarial, entre otros actores, los efectos serían bien diferentes.
Ello no significa desconocer los esfuerzos que en el seno de algunas universidades se vienen desarrollando: implementación de nuevos programas, descentralización de la academia, avances significativos en ciencia y en tecnología, etc. Pero si los indicadores sociales en las regiones no mejoran, en lo que les compete a las universidades, éstas tendrían su cuota de responsabilidad en el estado de cosas y se podría pensar en unas universidades estériles, lo cual exigiría un replanteamiento de la misión y visión de las universidades. Es cierto que una educación universitaria con calidad debe fundamentarse en una infraestructura sólida y estable que permita a las universidades actuar sin preocupaciones. El recorte presupuestal a las universidades y el fantasma de las privatizaciones es una limitante ante la posibilidad de construir una universidad para el Siglo XXI.
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