EL ARMARIO DEL AMOR



Estaba abierto y sentí que era para mí. Grande, espacioso, con cajones y espacios para colgar recuerdos y collares de sueños y calzones. Empotrado a la pared junto a la cama. Para no cerrarlo nunca y dejarlo allí, expuesto a la mirada de los dueños de la casa. Sí, era un objeto de deseos, lugar de testimonios del tiempo y adorno de los días y las noches.
El armario apenas está recién comprado, luce como nuevo. No es un mueble que permite cambiarlo de lugar con facilidad. Desdiría de su nombre. Armario es un nombre de un objeto, sí, movible, pero no frecuentemente. Cae de su peso. Se supone que va llenándose de prendas, cajas, perchas, tubos para colgar ganchos y enchufar ahí pantalones, camisas y gabanes. Ah… y muchos cajones para pañuelos, medias, calzoncillos y brasieres. Perdón, hay cosas íntimas que no se pueden ver.
El armario de casa es, esencialmente privado. Ahí no puede meterse la nariz de alguien de fuera. Atentaría contra el pudor más elemental. Cuando las prendas entran allí por primera vez están nuevas, se supone. Pero después de usadas, – y lavadas – ya entran a ser íntimas. Olores, colores y recuerdos pertenecen al secreto de los dueños de casa.
Y no es porque alguien que vive en la casa quiera ser raro, que no deje ver lo que usa. No. Porque sus dueños se quitan, se ponen, cambian su apariencia, se vuelven a vestir con las mismas prendas y los vecinos y amigos los ven lucir y envejecer con ellas. Pero el armario es un ser que merece respeto. Allí pueden fisgonear solo sus dueños.
Esperaban ustedes que hablara del armario del amor. El amor también tiene su armario y se cambia de ropa todos los días. Y compra sus abalorios en ciertos almacenes de miradas, besos, abrazos, apapuchones, ronroneos, caricias y detalles. Se guardan en ese otro armario con pelos y señales. No es un cofre, ni un supermercadillo. Es un costoso armario, hecho sin medidas ni a gusto del carpintero. Allí se guardan humores, perfumes, claves y deseos al lado de las fotos y adornos conmemorativos. Para el dinero hay cofre aparte en lugar discreto. Eso no pertenece de suyo al amor. Más bien, a veces es motivo de desamor y desacuerdos.
La poeta Marga López ha dado otro nombre al armario. Lo llama almario porque más que guardarropas guarda amores limpios. Allí se resguarda el alma de la casa o un conjunto de almas. Como una biblioteca de recuerdos que cuelgan y esperan enlucir el cuerpo, la cara y la sonrisa.
Sí. La palabra armario evoca un armatoste, un mueble que se arma y desarma, un conjunto de tablas para formar cajones y empaquetar víveres, libros o medicamentos. O el acostumbrado acabado hundido en la pared de las alcobas para encerrar las prendas con que cambiamos nuestra apariencia a diario.
06-06-16 10:11 a.m.



