Apología a las madres

Siempre será un honor poder hablar en alabanza de la Madre.

En una dadora de vida, tiene la semilla de hombres y mujeres en su sangre.
Sin saberlo ya desde su nacimiento está preparada para engendrar y dar a
luz y entregar su vida por la criatura que nace. No importa la edad, la cara,
el seno niño y la falta de experiencia, ella responderá como una cervatilla
al primer vagido o llanto de su hijito. La Naturaleza la dota de todas las
cualidades y atributos necesarios para insuflar la vida en otro ser humano y
cuidarlo hasta que tiene independencia. El hecho de que una mujer se convierta
en madre la eleva al rango de fuente y milagro de hacer brotar la vida de otro
ser igual a ella. Don que no puede ostentar el hombre.
Ser madre es un privilegio y poder serlo la hace una maravilla de la creación.
Cuántos sabios, inventores, descubridores, libertadores, han salido de sus vientres
y pregonan luego el nombre de sus madres. Las madres han poblado el mundo
y han permitido el progreso, la evolución de ideas y artilugios, de revoluciones y
cambios. Hoy el mundo no es el mismo de hace 10 mil años.
Gracias a la multitud de seres que han bebido la leche materna y gozado los besos
de sus labios el mundo nos permite volver hoy la mirada hacia las madres y entonar
este canto de loor a su condición de Madres. Sin ellas no viviríamos ni nos jactaríamos
de ser felices por su ejemplo y el amor que nos enseñaron. Nunca pensaron en odios
ni resentimientos cuando nos dieron por herencia el hálito de vida.
Gracias, Madres, todas en este día que utilizamos tu nombre para batirlo como bandera
en tu honor…
Con afecto,
Leopoldo de Quevedo.



