EL ANSIA HUMANA DE VIAJAR



He pensado mucho el título de este texto. ¿Por qué viaja tanta gente a diario en tranvía o en el Ave, en Airbus o en camión o automóvil? Sí, es cierto, que quien viaja en el incómodo Mío sabe que en él llega o sale del trabajo. Para esa necesidad imperiosa no hay ansia. A no ser que se haga tarde y peligre que despidan al paciente por no llegar a tiempo a laborar.
No. Me refiero al ansia, la expectativa, la inquietud emocional que produce tener ya el pasaje comprado y se acerque la hora de partir hacia el lugar o la ciudad o el país que hemos decidido. ¿Cuántas veces no hemos experimentado que ese cosquilleo aumenta a medida que se aproxima la fecha o el día de tomar las valijas y dirigirse al aeropuerto a emprender el vuelo?
Sí. Eso es viajar. Subir a una nube y volar con el viento hacia la curiosidad de experimentar sensaciones diferentes a las que estamos acostumbrados en nuestra rutina doméstica. La respiración se contiene, la imaginación no encuentra reposo pues el destino es desconocido y la sangre, entonces, camina más rápido en las venas. Sin darnos cuenta ya estamos agitados, pensando en lo que, tal vez, encontraremos. Son meras suposiciones.
¿Cómo será el paisaje, encontraremos una babel cuando lleguemos al aeropuerto donde todos hablan y no entendemos? El idioma es una barrera, piensa uno y se afana. ¿Cómo llegaremos al hotel?, ¿Sí nos alcanzarán los euros para los días que vamos a permanecer y los planes que hemos diseñado? Se agolpan las preguntas y sigue la inquietud rondando. ¿Habrá metro cerca o preguntaremos en información cuando lleguemos?
Se baja uno del avión y empieza a desenvolverse el rollo de preguntas que vagaban sin respuesta. Ya hemos tocado tierra y aparece la gente que no conocíamos. Es la misma tierra y es la misma gente. Cada uno va para donde tiene pensado. Las preguntas, los interrogantes empiezan a tener explicación por sí solos. El ser humano es maravilloso. Se desenvuelve a medida que surge la necesidad ante uno. No había para qué preocuparse tanto.
Porque el ser humano está diseñado para la curiosidad, para ocupar la imaginación y dar rienda a la fabulación, al miedo de encontrar dificultades invencibles, a dar por hecho cosas que nunca ocurren. El ser humano es un costal de preguntas inoficiosas. Bastaría con tomar la decisión de viajar, comprar los boletos, separar la habitación, ponerse uno en manos de una Agencia de viajes y soltar la plata que nos piden. Lo demás empezará cuando uno pise el lugar que ha determinado.
Ah, el papel de la costumbre humana de preguntarse, de afanarse demasiado, de querer adivinar el enigma que vendrá dentro de 20 días. No, no. No es una enfermedad, eso nos pasa a todos los viajeros. Es la natural curiosidad de la que habla Manguel. El ser humano dejaría de serlo si no hiciera castillos como en los cuentos con princesas, artilugios, con ogros y brujas voladoras. Y por más que viajemos seguirá el ansia de afanarnos con el qué pasará cuando…



