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viernes 10 octubre, 2014 a las 1:47 pm

Acerca de tiburones, ballenas y peces

TIBURON

Reflexiones desde el Cerro del Cacique Pubén, antes Cerro de Belalcázar

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MATEO MALAHORA [email protected]

Hace un par de años, desafiando pasar unos días de vacaciones en una región descuartizada por la pobreza, de las tantas violencias sociales que descarga la democracia colombiana sobre la geografía más desdeñada del país, estuve en Juanchaco, al norte de la Bahía de Málaga, Buenaventura, y aproveché para conversar con un niño que asistía a la escuela mientras los temporadistas caminábamos hacia la playa.

Como asistíamos a un avistamiento de ballenas le pregunté si encontraba algún parecido entre las ballenas y los peces y con una alegre inocencia y confiada expresión me dijo: “Las ballenas y los peces son amigos”.

Cuando le hice la misma pregunta sobre la semejanza que pudiera existir entre los tiburones y las sardinas su semblante cambió y con un rostro de sorpresa y afirmación categórica respondió: “Eso si es distinto, entre los tiburones y los peces no hay amistad, porque los tiburones se comen a los peces”.

TIBURON

No se imaginaba el niño, quizá por su edad, que las ballenas, también como los tiburones, comían peces y, en este caso, por toneladas para sobrevivir.

La parábola me puso a reflexionar sobre cómo entendemos la realidad cuando somos sujetos, (ciudadanos), en una sociedad como la nuestra y en qué condiciones históricas se legitima o deslegitima un comportamiento que, utilizando distintas maneras y distintos instrumentos de poder, realiza la misma función depredadora.

Lo mismo ocurre cuando desde diferentes situaciones y posiciones sociales se observa el ordenamiento político colombiano y las condiciones en que se mantiene y perpetúa su relativo equilibrio social.

Legitimar es aceptar, admitir, experimentar y conceder criterio de verdad a fenómenos verificables, pero también es adherir a prejuicios sistemáticamente mantenidos por la tradición, como en el caso de la presunta amistad entre las peces y las ballenas.

Y lo que era una pregunta trivial nos dejó una lección: Sin existencia de armonía, de concordia, de contrato social, de complicidad, no puede existir relación de confianza entre los asociados, ni entre gobernantes y gobernados. Se necesita, entonces, como condición “sine qua non”, que las ballenas y los peces sean amigos, que existan ficciones fraternas y jurídicas, que se presuma, sospeche y conjeture que la sociedad en la que vivimos es proporcionada y armoniosa. Sin ese ingrediente relacional ideológico, a la manera de imaginario social y componente ficticio, las cosas no funcionan de manera apacible y tranquila.

Por esas mismas razones, en democracias como la colombiana, es mal vista la deconstrucción de la verdad. Tanto que si desde el periodismo libre, no afecto a la injusticia social se realizan severas y escrupulosas investigaciones, inflexibles análisis o denuncias sobre los detentadores del poder o sus áulicos, se corre el riesgo de que a los periodistas los tiburones del poder les muestren sus colmillos y en el peor de los casos sean engullidos por una pacífica ballena del establecimiento.

Se trata, así mismo, de preguntarnos en el país del postconflicto, de qué lado estamos, si del lado de los tiburones, del lado de las ballenas o del lado de los peces.

Lo insólito es que en los espacios de los poderes económicos, que tienen que ver con nuestra nación, podemos divisar a grandes escualos dirigiendo los océanos de la economía mundial, asociados en corporaciones financieras que promueven la paz en América latina con la intencionalidad manifiesta de convertirla en un santuario donde se puedan mover plácidamente protegidos por el libre comercio, sin exponerse a su extinción.

Y, tratándose de las ballenas del mercado, en santa alianza con los tiburones, con sus propias reglas de juego, manejan los bancos de peces, crean los problemas, dictan las soluciones y mantienen obedientes y resignadas a las especies menores.

De alguna manera, cuando viajamos mar adentro en frágiles lanchas podemos observar, con un poco de temor, las aletas de los tiburones y su hilera de dientes, con la cual devoran pueblos y países.

Tomar partido compromete motivaciones éticas, puede significar quedarse en la fase externa de la observación y como en el niño de “la amistad entre las ballenas y los peces”, es susceptible dejarnos cautivar por sus cantos, saltos, danzas y piruetas en los avistamientos, olvidando que, como los tiburones, usan el poder y son depredadoras de peces. Hasta pronto.

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