¡ABOMINACIÓN!


¡ABOMINACIÓN!

Gastamos millones de dólares en un viaje muerto al fondo de los océanos.
Gastamos millones de millones de dólares en conquistar inútilmente los espacios siderales. (¡Pero si ni siquiera las «estrellas» de la tierra se dejan conquistar! ¿Qué digo? Nos conquistan multitudinariamente con estupideces alienantes en la pasarela pública las más de las veces.)
Gastamos millones de millones de millones de dólares destruyendo a un país con misiles nucleares.
¡Vergüenza del dolor universal, el ser humano es un muñeco manejado por la diestra de los poderosos, y hacemos genuflexiones sumisas a esa ingente programática de la estulticia y la desolación!
Millones y millones de hombres, mujeres y niños mueren diariamente en penoso abandono. Son sus sangrantes ojos testimonio de nuestra inmensa vileza. ¡Son los cuerpos y espíritus de hermanos confirmando un horror que no remediamos nunca!
No soy moralista, pero a todo momento de la existencia la señora moral nos muestra su carta de reclamos. Nuestra mirada se dirige desdeñosamente a otra parte. No nos importa destruir este mundo con la soberbia de nuestras conquistas terrenales. La «inteligencia» se luce inventando cada vez más distracciones delirantes, mientras el mundo es un hervidero de catástrofes asomándose al abismo. Quizás esa «inteligencia» podría gastar sus impúdicas reservas en ayudar a redimir el mundo y sus atrocidades. Porque tal vez somos el último heredero de una civilización en crisis terminal, nuestra enfermedad cósmica ha tocado los más altos niveles del horror en los monitores de la infamia.
«Tenía en su frente un nombre escrito, un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA.» (Apocalipsis de San Juan)
¡Ojalá el Buen Dios perdone nuestra impúdica monstruosidad antes de la última hora! Porque si no, creo que asistiremos a los últimos alumbramientos del sol sobre la tierra.
**RVQ**
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