A EUROPA CON AMOR


«Como nos ocurrió a los colombianos, particularmente a partir de la década de los 90, cuando debido a la violencia y el narcotráfico que asoló nuestro suelo, nadie quería tenernos dentro de sus fronteras».
La Visa como el asilo son figuras adoptadas por los Estados para proteger su integridad, soberanía y su propia seguridad. En tanto el segundo, hoy desnaturalizado según casos recientes, tiene connotaciones políticas en su esencia y orígenes, la primera opera como un mecanismo de control migratorio, tema en el cual los gobiernos gozan de una amplia discrecionalidad para facilitar o impedir el ingreso y tránsito de los extranjeros, lo que no impide, a veces, que para su otorgamiento también recurran a consideraciones de índole política, o a paradigmas de difícil desarraigo para algunas Cancillerías. Como nos ocurrió a los colombianos, particularmente a partir de la década de los 90, cuando debido a la violencia y el narcotráfico que asoló nuestro suelo, nadie quería tenernos dentro de sus fronteras. La vergüenza del verde pasaporte, por esos días, hoy color café medianamente oscuro, era una enfermedad epidémica, que afloraba en muchas zonas de control migratorio de los aeropuertos internacionales. E incluso países de nuestro propio vecindario, que poco a poco fueron desmontando los controles para nuestro ingreso.
Por lo que el anuncio de la eliminación de la Visa Shengen, vigente desde 1995, resulta indicativo de que la percepción sobre nuestra identidad ha cambiado positivamente, para la Euro-zona que no ha podido superar la grave crisis económica que la aqueja desde hace años. La abolición de los rigurosos controles que se han mantenido durante estos años para ingresar a los 26 países de Europa central y occidental, beneficio que se extiende a Perú, debe ser refrendada por las naciones involucradas y por el pleno del Parlamento Europeo, antes de entrar en total funcionamiento. Buena oportunidad para quienes deseen y puedan visitar la romántica París y su torre emblemática, la fría y nebulosa Londres, o navegar por las hoy malolientes aguas de Venecia, que dicen, poco queda de como la cantó el gran Charles Aznavour en su insuperable interpretación.




