
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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A Pamela Escobar
A mi novia se le dañó la elíptica en la que rebaja el colesterol y decidimos salir a estirar los músculos y tomar el aire de las calles solas en Año Nuevo. No bien nuestras pantorrillas se habían calentado pasó rauda en camioneta una amiga y nos invitó a almorzar en su casa de campo, cerca del kilómetro 30, a tres cuartos de hora de Cali. Una invitación de esa clase es difícil rechazarla por la calidad de la mano que ofrece y porque ir a gozar del frío y el paisaje es un regalo para calmar el calor del clima que cada vez aumenta.
Todavía las vías estaban vacías a las 9 de la mañana. Las llantas de la 4X4 tienen los tacones altos y avanzan como gigante a caballo. Salimos de la gran vía y torcimos por un desvío. Cuando llegamos a Chipre seguimos hasta El Recuerdo y allí nos abrieron las puertas dos perros y cientos de flores. Orquídeas, en anchos cojines con sus orejas rojas, campanillas, lilas, hortensias, margaritas y buganvilias ya estaban despiertas. Desde sus materas los resucitados con enormes flores rosadas, amarillas y rojas nos miraban con sus ojazos hondos.
Desde niño no sentía una casa tan cerca de la mano. Los naranjos y limoneros pastaban al lado de repollos, fríjol, lechuga batavia, acelga, cebolla, cilantro y apenas elevaba su brazo una rama de granadilla. Tres árboles de pan, intrusos, hijos de semillas abandonadas, adornaban el entorno. La mañana estaba aún en bata y no se había bañado la cara. Se oía claro el mugido de las vacas vecinas y el cacareo de las gallinas caseras. Si se cerraban los ojos se podía oír a lo lejos el rumor del río.
A la hora del almuerzo Gladys, Diana, Anita, Lucho, Óscar y Diego nos brindaron “sancocho de enfermo” para el trasnocho y el hambre, con afabilidad sencilla. Entre bocados y sorbos vino la anécdota niña y con el recuerdo añejo bajaron con torta y tinto hasta el pecho para mezclar la palabra y la vida. Quienes no nos conocíamos juntamos humores y alegrías, miradas y risas y entrelazamos una franca camada de ensueños que perdurará por años.
La visita no planeada y la amistad formada en este ambiente campestre tuvieron un desenlace muy grato. Hubo un recorrido guiado por Diego, dueño de casa, que es agrónomo y enamorado del ambiente como su hermano Óscar. El espacio del predio no es muy grande, pero apenas suficiente para Simón, el perro, y muchos otros comensales diarios que crecen y jamás estorban. “Los árboles toman de la tierra sólo lo que necesitan. Nunca pecan de gula. Las acacias, los pinos y los eucaliptos han sido calumniados. Ellos son hábiles para almacenar agua para los tiempos secos y por eso sobreviven, pero no son depredadores ni causantes de erosión”, sentencia Diego.
Desde que se llega a la finca, melinas, jiguas esbeltas y un higuerón caucho le dan la bienvenida a quien visita esta tierra. Diego ha sembrado palmas washintonians y corozo´ecerdo, pinos flacos funerarios, eucaliptos jóvenes, nogales cafeteros, varias especies de caimos, tambores y pomarrosos. Gracias, Diego, por presentármelos. También hay guamos, guayabos, acacias y guayacanes de cabellera amarilla. Allá, al costado, se acuesta en las tardes el cerro con su nariz hacia arriba bajo la nube fresca, en medio de cielo y guaduales. Ahhh, da gusto y salta el alma corriendo por entre camino de polvo y maleza, entre follaje y verde montaña con nube.
02-10-01 10-20 a.m.




